Mi escale ardiente en el hotel del aeropuerto con un desconocido

Estaba en esa escale eterna en el aeropuerto de Madrid. Mi vuelo a Barcelona retrasado tres horas. Me senté en el bar del hotel al lado, con esa olor a café quemado flotando en el aire, y las voces mecánicas anunciando vuelos por los altavoces. Llevaba un vestido ligero, negro, ceñido, sin sujetador porque el calor era asfixiante y yo… bueno, yo adoro esa libertad en los viajes. Piernas desnudas, sandalias altas. Miraba mi móvil, pero sentía ojos sobre mí.

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Él apareció de repente. Moreno, fuerte, con uniforme de empleado del hotel, pero con una mirada que no era de mesero. Se acercó a pedir mi copa vacía. Nuestros ojos se cruzaron. Intensos, como un chispazo. ‘¿Otra ronda?’, dijo con voz grave, sonrisa ladeada. Dudé un segundo, el corazón latiéndome fuerte. ‘Sí, pero algo fuerte. Tengo tiempo antes de volar’. Se quedó ahí, charlando. Se llamaba Marco. Viajero como yo, escale de una noche. Hablamos de la adrenalina de no tener mañana. ‘¿Y si compartimos estas horas?’, murmuró, rozando mi mano. El pulso se me aceleró. Anuncios de vuelos de fondo, gente pasando ajena. Asentí. ‘Vamos a tu habitación. Rápido, antes de que me arrepienta’.

El encuentro en el bar del aeropuerto

Subimos al ascensor. Silencio cargado. Su mano en mi cintura, yo notando su bulto contra mí. La habitación era impersonal: cama con sábanas blancas crujientes, aire acondicionado helado erizándome la piel, vista al pista de despegue con luces parpadeando. Cerró la puerta y me miró fijo. ‘Quítate el vestido. Despacio’. Obedecí, temblando de excitación. Mis tetas al aire, pezones duros por el frío. Bajé la tanga, mojada ya. Él se desabrochó los pantalones, sacando una polla gruesa, venosa, tiesa. ‘De rodillas. Chúpamela como puta’. Me arrodillé en la alfombra áspera, tomándola en la boca. Sabía a hombre, salado. La mamé profunda, garganta apretada, saliva chorreando. Él gemía, agarrándome el pelo. ‘Joder, qué boca. Trágatela toda’.

La follada urgente en la habitación

Me levantó, tirándome a la cama. Sábanas frías contra mi espalda caliente. Me abrió las piernas de golpe. ‘Mírate, coño chorreando. Vas a gritar’. Metió dos dedos dentro, removiendo fuerte, mi clítoris hinchado palpitando. ‘¡Sí, fóllame ya!’. No esperó. Clavó la polla de un empujón, llenándome hasta el fondo. Follaba brutal, embestidas rápidas, cama chirriando. Sudor mezclándose, olor a sexo crudo. ‘Tu coño aprieta como virgen. Aguanta’. Cambió posición, de lado, una mano en mi garganta. Me corrí primero, temblando, jugos empapando las sábanas. Él no paró. ‘Ahora el culo. Lubrica con tu saliva’. Escupí en su polla, él presionó contra mi ano virgen. Dolía, pero la urgencia me volvía loca. Entró despacio, dilatándome. ‘¡Ahh, joder!’. Folló mi culo con ritmo, yo masturbándome el clítoris. Otro orgasmo me partió, él gruñó y se corrió dentro, caliente, llenándome.

Nos quedamos jadeando, minutos robados. Miró el reloj. ‘Tu vuelo’. Se vistió rápido, yo igual, piernas flojas. Beso rápido en la puerta, olor a él en mi piel. Bajé al aeropuerto, anuncio de mi vuelo retumbando. Sentada en el avión, el coño y culo palpitando, su semen goteando en mi tanga. Ningún nombre real, solo ese fuego en mi equipaje de mano. Mañana, todo normal. Pero esta noche… inolvidable.

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