Estaba en esa puta sala de embarque eterna, Madrid-Barcelona, escala de cuatro horas. El olor a café quemado del bar me llegaba, mezclado con el zumbido de las anuncios de vuelos. ‘Vuelo IB-345 a París, puerta 12’. Me senté en la barra, sudada por el viaje, falda corta pegada a los muslos. Pidí un gin-tonic, para matar el tiempo. Y entonces… lo vi. Un tío maduro, unos 50, traje arrugado, ojos que te desnudan. Me miró fijo, sonrisa ladeada. Yo le devolví la mirada, mordiéndome el labio. ¿Por qué no? Viajo sola, me encanta esa adrenalina de lo anónimo. Nadie sabe quién coño eres.
Se acercó, cerveza en mano. ‘¿Escale también? Soy Carlos, de Bilbao’. Voz grave, manos grandes. Hablamos mierda: vuelos retrasados, hoteles cutres cerca. Su mirada bajaba a mis tetas, y yo abrí un poco las piernas, dejando ver el borde de mis bragas. ‘¿Y si matamos el tiempo juntos?’, soltó él, directo. Dudé un segundo, el corazón latiendo fuerte. ‘Vale, pero mi vuelo sale en tres horas. Nada de promesas’. Pagamos y salimos, el aire fresco del aeropuerto golpeándonos. Cogimos un taxi al hotel de al lado, de esos impersonales para escalas. La recepcionista ni nos miró.
El Cruce de Miradas en el Bar de Embarque
La habitación olía a limpio artificial, aire acondicionado helado erizándome la piel. Draps blancos crujientes, cama king size. Cerró la puerta y me besó salvaje, lengua invasora, manos en mi culo apretando. ‘Joder, qué buena estás’, gruñó. Le arranqué la camisa, sintiendo su pecho peludo. Se bajó los pantalones y… dios, esa polla. Enorme, gruesa, venosa, ya tiesa apuntándome. ‘Chúpamela’, ordenó. Me arrodillé en la moqueta áspera, el sonido de un avión despegando vibrando las ventanas. La cogí con las dos manos, abrí la boca y la tragué hasta la garganta. Sabía a sudor del día, salado. La mamé con hambre, lengua girando en el glande hinchado, bolas pesadas lamiéndolas. Él gemía, ‘Sí, puta, así, trágatela toda’.
Me tiró en la cama, draps fríos contra mi espalda desnuda. Me arrancó las bragas, olió mi coño mojado. ‘Estás empapada, zorra’. Me abrió las piernas, lengua directa en mi clítoris, chupando fuerte. Grité, uñas en su cabeza. ‘¡Lame mi coño, joder!’. Metió dos dedos gruesos, follando mi entrada, mientras lamía mi ano. El placer me subió como un rayo, vientre temblando. ‘Quiero tu polla ya’, supliqué. Se puso encima, ese monstruo rozando mi raja. Empujó de una, partiéndome en dos. ‘¡Aaaah, qué grande!’. Me folló brutal, embestidas profundas, cama chirriando. Sudor goteando, su panza contra mi vientre, tetas botando. ‘Tu coño aprieta como una virgen’, jadeaba. Le arañé la espalda, piernas enredadas.
Follada Urgente y Brutal en la Habitación
Cambiamos: yo encima, cabalgándolo. Polla hasta el fondo, rozando mi cervix. Rebotaba, clítoris frotando su pubis peludo. ‘Córrete dentro, lléname’, le pedí. Él me pellizcó los pezones, ‘Voy a inundarte, puta’. Aceleré, coño chorreando jugos por sus huevos. Él rugió, polla hinchándose, y soltó. Chorros calientes, espesos, llenándome el útero. Tres o cuatro descargas, interminable. Me corrí con él, espasmos, gritando su nombre. Semen saliendo por los lados, pegajoso en mis muslos.
Nos duchamos rápido, agua caliente mezclando nuestros fluidos. Él me lavó el coño con dedos, yo le saqué los restos de corrida de la polla flácida. ‘Eres una máquina’, le dije riendo. Vestidos, un beso rápido. ‘Mi vuelo’, dije mirando el reloj. Bajamos, taxi de vuelta. En la puerta de embarque, mirada última. ‘Suerte en tu viaje’. Subí al avión, coño dolorido, semen secándose en mis bragas. Ese recuerdo quema en mi maleta de mano. Mañana, solo un sueño húmedo más.