Estaba en Madrid-Barajas, escala de cuatro horas después de un vuelo eterno desde Latinoamérica. Una semana sola en la playa, sin follar, sin masturbarme siquiera. El cuerpo me ardía, el coño palpitaba con cada paso. Me senté en el bar de la sala de embarque, pedí un café negro que olía fuerte, amargo, como mi calentura. Anuncios de vuelos retumbaban: ‘Vuelo a París, puerta 15’. La gente iba y venía, maletas rodando.
Lo vi de reojo. Alto, moreno, camisa ajustada marcando pecho. Me miró fijo, sonrisa pícara. Dudé, crucé las piernas sintiendo la humedad en las bragas. ‘¿Española?’, preguntó sentándose al lado. ‘De paso’, respondí, voz ronca. Charlamos tonterías: vuelos retrasados, jet lag. Sus ojos bajaban a mis tetas, yo a su paquete abultado. ‘Tengo una habitación en el hotel del aeropuerto, dos horas libres. ¿Vienes?’, soltó directo. El corazón me latió fuerte. ‘Sí, joder, vamos’. Adrenalina pura, sin nombres, sin mañana.
El cruce de miradas en la sala de embarque
Cogimos un taxi de dos minutos. La habitación era impersonal: sábanas blancas crujientes, aire acondicionado helado erizándome la piel. Ni saludos, directo al lío. Me empujó contra la puerta, besos salvajes, lengua invadiendo mi boca. ‘Quítate la ropa’, gruñó. Me arranqué la blusa, falda al suelo. Quedé en tanga empapada. Él se sacó la polla, dura, gorda, venosa. ‘Mira qué pedazo’, jadeé. Me arrodillé, la lamí desde la base, saboreando el sudor salado. La chupé hondo, garganta apretada, él gimiendo ‘Joder, qué boca’. Babas cayendo, huevos en mi mano.
La follada urgente en la habitación del hotel
Me tiró a la cama, piernas abiertas. Olía a su colonia mezclada con mi coño mojado. ‘Ahora te como’, dijo. Lengua en mi clítoris, chupando fuerte, dedos metidos adentro revolviendo. ‘¡Ay, no pares! ¡Me corro!’, grité. Explosión, jugos en su cara. Sin pausa, me puso a cuatro patas. ‘Te voy a follar como puta’. Entró de un golpe, polla llenándome el coño hasta el fondo. Golpes brutales, piel contra piel, cama chirriando. ‘Más duro, rómpeme’, supliqué. Me pellizcaba los pezones, azotaba el culo rojo. Cambiamos: yo encima, cabalgando, tetas botando. Él debajo, mamándome mientras follaba.
‘Sácate, no quiero lío’, mentí. ‘No, te lleno’. Bombeó semen caliente dentro, yo corriéndome otra vez, uñas en su pecho. Sudor pegajoso, respiraciones agitadas. Minutos después, ducha rápida, agua tibia lavando restos. ‘Vuelo en una hora’, dije vistiéndome. Él sonrió: ‘Buen viaje, guapa’. Beso rápido en la puerta, sin promesas. Corrí al aeropuerto, anuncio retumbando: ‘Vuelo a Barcelona, embarque ya’. Sentada en el avión, coño dolorido, sonrisa pícara. Ese polvo anónimo, el mejor recuerdo en mi maleta de mano.