Estaba en el aeropuerto de Madrid, escala de cuatro horas antes de mi vuelo a Barcelona. El olor a café quemado del bar me tenía despierta, aunque eran las dos de la mañana. Anuncios de vuelos retumbando: ‘Última llamada para París…’. Me pedí un cortado, aburrida, mirando el móvil. Ahí lo vi. Alto, moreno, con esa sonrisa de quien viaja solo. Nuestras miradas se cruzaron. Él, con una cerveza en la mano, se acercó. ‘¿Española? Yo de aquí, pero vuelo a Londres en cinco horas’, dijo con acento madrileño puro. Charlamos. Él, separadísimo, yo soltera y abierta a lo que pinte. ‘Estas escalas son un coñazo… ¿o no?’, soltó riendo. Sentí la chispa. ‘Oye, hay un hotel al lado. ¿Compartimos unas horas libres? Sin compromisos’, le propuse, el corazón latiendo fuerte. Asintió. Adrenalina pura. Cogimos las maletas de mano y salimos corriendo bajo la lluvia fina.
La habitación era impersonal: sábanas blancas crujientes, aire acondicionado zumbando frío, olor a limpio y lejano a keroseno del aeropuerto. Cerramos la puerta y nos besamos ya, urgentes. ‘Joder, qué ganas’, murmuró él, quitándome la blusa. Sus manos ásperas en mis tetas, pellizcando pezones duros. Yo le bajé los pantalones, saqué su polla ya tiesa, gorda, venosa. ‘Mmm, qué pedazo’, le dije lamiéndome los labios. Me arrodillé en la alfombra rasposa. La chupé despacio al principio, lengua girando en el capullo rosado, saboreando el pre-semen salado. Él gemía: ‘Sí, así…’. Le metí la polla entera en la boca, saliva chorreando, hasta la garganta. Jugaba con sus huevos peludos, apretándolos suave, luego más fuerte. ‘Me vas a hacer correrte ya’, jadeó. Le masajeé el culo, dedo rozando el agujero, mientras le mamaba con fuerza, cabeza subiendo y bajando rápido.
El cruce de miradas en la sala de espera
No le dejé acabar. Lo empujé a la cama, sábanas frías contra mi piel caliente. ‘Ahora me comes el coño’, ordené. Abrí las piernas, mi chocho ya empapado, labios hinchados. Él se lanzó: lengua plana lamiendo de clítoris a ano, chupando mi jugo dulce. ‘Estás buena de sabor’, gruñó. Metió dos dedos gruesos dentro, curvándolos en mi punto G, mientras aspiraba el clítoris como loco. Yo me retorcía, tetas rebotando, pellizcándome los pezones. ‘¡Joder, no pares!’. El zumbido del AC y un anuncio lejano de vuelos nos recordaban el tiempo corto. No aguanté: orgasmo brutal, piernas temblando, chorro mojando su barbilla.
El sexo urgente en la habitación fría
‘Fóllame ya’, supliqué. Se puso encima, polla rozando mi entrada húmeda. Entró de un empujón, llenándome hasta el fondo. ‘¡Qué apretada!’, gritó. Bombeaba fuerte, huevos golpeando mi culo, sudor mezclándose. Yo clavaba uñas en su espalda, arqueándome. Cambiamos: yo encima, cabalgando salvaje, polla entrando y saliendo, mis tetas en su cara. Él me chupaba pezones, mordiendo. ‘Me corro…’, avisó. ‘Dentro, lléname’, le dije. Aceleramos, camas chirriando. Él explotó primero, leche caliente inundándome el coño. Yo segundos después, espasmos, gritando su nombre falso que ni sabía.
A las cinco, alarmas. Nos duchamos rápido, agua caliente lavando restos de sexo. ‘Ha sido brutal’, dijo besándome. ‘Sin mañana, solo recuerdo’, respondí sonriendo pícara. Bajamos, maletas en mano. En la puerta del hotel, último beso salado. Corrí al aeropuerto, anuncio de mi vuelo: ‘Embarcando a Barcelona’. Sentada en el avión, coño aún palpitando, sonrisa en la cara. Ese polvo anónimo, con olor a café y sábanas blancas, va en mi bagaje de mano para siempre.