Mi escale fogosa en el hotel del aeropuerto

Estaba en escale en Barajas, Madrid. Vuelo retrasado tres horas. El olor a café quemado del bar del aeropuerto me mareaba un poco. Anuncios de vuelos por los altavoces, eco metálico. Me senté en la barra, piernas cruzadas, falda corta subiendo por los muslos. Sudor pegajoso por el calor, aunque el aire acondicionado zumbaba frío.

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Lo vi entrar. Alto, barrigón, traje arrugado de viajero cansado. Parecía obrero o mecánico, manos callosas, ojos hundidos. Se sentó dos taburetes más allá. Pedí un gin-tonic. Él, una cerveza. Nuestras miradas se cruzaron. Larga, intensa. Sonreí, mordí el labio. ¿Cuánto tiempo? Dos sorbos. Se acercó.

El cruce de miradas en el bar

—¿Vuelo tarde? —dijo, voz ronca, acento del norte.

—Sí… escale eterna. ¿Tú?

—Ida y vuelta trabajo. Mañana vuelo a las seis.

Silencio. El zumbido de las maletas rodando. Sentí el pulso acelerado. Anonimato total. Nadie nos conoce. Partimos pronto. Adrenalina pura.

—¿Hotel cerca? —pregunté, voz baja.

Él asintió, ojos en mis tetas. Pagamos. Caminamos al shuttle. Hotel impersonal, luces neón parpadeando.

Subimos al ascensor. Silencio pesado. Sus manos rozaron mi culo. Empujé contra él. Puerta abrió. Habitación estándar: sábanas blancas crujientes, olor a desinfectante y humedad. Clim frigida erizando piel.

Nos besamos salvajes. Lenguas chocando, dientes. Le arranqué la camisa. Vientre peludo, sudoroso. Olía a hombre, a gasolina y tabaco. Bajé el pantalón. Dios… su polla. Enorme, gruesa como muñeca, venosa, colgando pesada entre piernas musculosas. Nunca vi una así. Me mojé al instante.

—Joder, qué pedazo de verga —susurré, arrodillándome.

La follada brutal en la habitación

La agarré con dos manos. No cerraban. Boca abierta, tragué el glande morado, salado. Me ahogaba, babeaba. Él gruñía, manos en mi pelo tirando. La chupé profunda, garganta abierta, arcadas. Polla creció, latiendo. La lamí hasta las huevos arrugadas, grandes como huevos de gallina. Él jadeaba.

—Me cago en… fóllame ya.

Me tiró a la cama. Sábanas frías contra espalda. Rasgó mi tanga. Dedos gruesos en mi coño empapado, luego en el culo. Gemí. Se puso encima, peso aplastante. Polla rozando mi raja. Empujó. Dolor-placer. Entró lenta, estirándome. Media verga dentro, ya llena.

—Ahh… despacio, cabrón…

Aceleró. Golpes brutales, cama chirriando. Coño ardiendo, jugos chorreando. Cambió. Me puso a cuatro. Escupió en mi ano. Presionó. Cabeza entró, grité. Me folló el culo sin piedad, manos amasando tetas, pellizcando pezones. Sudor goteando, mezclándose.

—Tu culo es mío, puta de aeropuerto.

Orgasmos en ráfaga. Él rugía, polla hinchándose. Sacó, me volteó. Boca otra vez. Bombeó furioso. Semen explotó, chorros calientes llenando garganta, desbordando labios. Tragué, lamí limpia. Cuerpo temblando, extática.

Desperté con su brazo pesado. Reloj: 4:30 am. Anuncio de mi vuelo en la tele del fondo. Beso rápido, húmedo.

—Adiós, desconocido. Buen viaje.

Él murmuró algo, dormido. Cogí mi bolsa, olor a sexo pegado a piel. Shuttle al aeropuerto. Recuerdo quemando entre piernas. Vuelo despega. Sonrío. Sin mañana, solo placer puro.

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