Estaba en escale en Barajas, Madrid, volviendo de un curro en Barcelona. Mi vuelo salía en cuatro horas, justo tiempo para un café y matar el aburrimiento. El olor a café quemado del bar del aeropuerto me envolvía, mezclado con anuncios de vuelos retumbando: ‘Última llamada para el vuelo a París…’. Me senté en la barra, piernas cruzadas, falda corta que subía un poco. Noté su mirada. Alto, moreno, ojos intensos, tipo de unos 35, con pinta de viajero frecuente. Camisa ajustada marcando pecho fuerte.
Nuestras miradas se cruzaron. Sonreí, él se acercó. ‘¿Esperando vuelo?’, dijo con acento francés suave. ‘Sí, cuatro horas muertas’, respondí, mordiéndome el labio. Charlamos: él pilotaba un avión de carga, escale hasta la madrugada. ‘Hay un hotel aquí al lado, cinco minutos. ¿Café en privado?’. El corazón me latió fuerte. Adoro esto del viaje, el anonimato, saber que en horas cada uno tira pa’lante. ‘Vale, pero solo unas horas. Mi vuelo no espera’. Pagamos y salimos, el aire fresco de la noche golpeando, taxis pitando cerca.
El cruce de miradas en la sala de embarque
La habitación era impersonal: sábanas blancas crujientes, aire acondicionado zumbando frío, luces tenues. Ni nos besamos. Directo al lío. ‘Quítate todo’, le dije, voz ronca. Se desabrochó el pantalón, y ¡joder! Su polla saltó, enorme, gruesa, venosa, más grande que ninguna que haya visto. Me quedé hipnotizada, como en trance. ‘Tócala’, murmuró. Mis dedos no la abarcaban, piel caliente, palpitando. La olí, olor a hombre puro.
Me tiré de rodillas, la chupé con hambre. Lengua en el glande, saliva goteando, tragando hasta la garganta. Él gemía: ‘Cabr… qué bien mamas’. Me levantó, me arrancó la falda, slip directo al suelo. ‘Abre las piernas’, ordenó. Me tumbó en la cama, sábanas frías contra mi piel ardiente. Me comió el coño, lengua clavada, chupando el clítoris hinchado. ‘Estás empapada, puta’, dijo riendo. Dos dedos dentro, follando rápido, chapoteo húmedo. Grité: ‘¡Sí, joder, no pares!’ Vine fuerte, temblando, jugos por sus labios.
El polvo brutal en la habitación con urgencia de vuelo
‘Ahora fóllame’, supliqué. Se puso condón –urgencia, pero seguro–, y me penetró de un empujón. ‘¡Dios, qué polla gorda!’, aullé. Me llenaba hasta el fondo, cuenca golpeando. Cambiamos: yo encima, cabalgando salvaje, tetas botando. Él me pellizcaba pezones: ‘Muévete, zorra’. Luego perrito, azotándome el culo rojo. ‘¿Quieres por detrás?’, preguntó. ‘Sí, métemela en el culo’. Lubricó con mi coño, entró lento. Dolor-placer, estirándome al límite. ‘¡Fóllame el culo fuerte!’, grité. Embestidas brutales, huevos chocando, sudor chorreando. Me corrí otra vez, ano contrayéndose en su verga.
Él no paraba. Me volteó, polla en mi boca mientras me metía dedos. ‘Trágatela toda’. La mamé como loca, bolas en la mano. Se corrió dentro de mi boca, leche caliente, espesa, tragué todo. ‘Eres una guarra increíble’, jadeó. Nos quedamos jadeando, cuerpos pegajosos, clim frigida secando sudor.
A las 4 AM, alarma. ‘Mi vuelo’, dije, vistiéndome rápido. Él sonrió: ‘Ha sido brutal. Suerte’. Beso rápido, sin promesas. Salí al aeropuerto, olor a café de nuevo, anuncios: ‘Embarque vuelo a Barcelona’. Caminé con coño palpitando, culo dolorido, sonrisa pícara. Ese polvo anónimo, adrenalina pura, lo llevo en el equipaje de mano. Mañana, vida normal. Hoy, recuerdo su polla monstruosa.