Estaba en escala en Lyon-Saint Exupéry, vol de Madrid a Nueva York con parada técnica. Hacía un calor de mierda, olía a café quemado del aeropuerto por todos lados. Cogí la lanzadera al Novotel de al lado, el de siempre, cerca de la terminal. Habitaciones impersonales, sábanas blancas crujientes, aire acondicionado zumbando como un mosquito. Bajé al restaurante a cenar rápido, que mi vuelo salía al amanecer. Lleno total, japoneses gritando por algún partido, anuncios de vuelos retumbando de fondo: ‘Vuelo AF123 a París, puerta 15’. La maître, una chica maja, me dice que espere, pero ve a una tía sola en una mesa y me presenta.
Yo, Catherine, 51 años, rep de cosméticos, bronceada, tailleur gris, falda subidita mostrando el borde de las medias negras, tacones lustrados. Él, Jean-Pierre, unos 40, informático de viaje, ojos golosos. ‘Siéntese, monsieur, no muerdo’, le digo sonriendo, labios rojos brillando. Pide una Leffe fría, yo una margarita salada. Hablamos, coqueteamos. Sus ojos bajan a mis piernas cruzadas, el aire helado eriza mi piel. ‘Tus piernas… son una puta obra de arte’, balbucea. Río, descruzo despacio, dejo ver el encaje negro del tanga. ‘¿Quieres souvenir?’, susurro. Él traga saliva, polla ya dura bajo los vaqueros. ‘Mi vuelo es en horas, no hay mañana’, digo. Subimos juntos, ascensor oliendo a su colonia y mi perfume dulce.
La mirada en el bar y la decisión caliente
La puerta se cierra, clim soplando frío en la nuca. Lo empujo contra la pared, besos salvajes, lenguas chocando. ‘Fóllame ya, no tenemos tiempo’, gimo. Le bajo la cremallera, su polla salta dura como hierro, venosa, cabeza hinchada. La chupo rápido, saliva chorreando, bolas pesadas en mi mano. ‘Joder, tu boca… puta diosa’, gruñe. Me arranco el tanga empapado, olor a coño caliente subiendo. Me tira en la cama, sábanas frías pegándose a mi culo. Me abre las piernas, lame mi clítoris hinchado, lengua clavándose. ‘Estás chorreando, zorra’, dice, dedos metiéndose en mi coño apretado, dos, tres, chapoteando.
El sexo brutal con urgencia de embarque
‘¡Métemela toda!’, grito. Se pone encima, polla rozando mi entrada mojada. Empuja de golpe, me llena hasta el fondo, útero golpeado. ‘¡Ahhh, sí, rómpeme el coño!’, aúllo. Él bombea furioso, sudor goteando, piel chocando slap-slap. Cambio, me monto encima, cabalgo como loca, tetas rebotando, pezones duros arañados por sus dientes. ‘Tu coño aprieta como virgen’, jadea. Le aprieto las bolas, clavo uñas en su pecho. Giro, perrito: me agarra caderas, folla brutal, tanga hecha jirones en el suelo. ‘Me corro… ¡lléname de leche!’, suplico. Él acelera, ‘¡Toma, puta!’, y explota dentro, semen caliente inundando mi vientre, yo convulsiono, chorros de jugo empapando sábanas.
Quedamos jadeando, anuncios de vuelos lejanos: ‘Última llamada vuelo a Madrid’. ‘Ha sido… joder, inolvidable’, dice él, besándome cuello. Me visto rápido, tanga rota en bolso como trofeo. ‘Sin números, sin promesas. Solo este polvo’. Sonrío, salgo al pasillo frío, olor a café aún en nariz. En el taxi al aeropuerto, coño palpitando, semen goteando muslos. Mi vuelo embarca, recuerdo ardiendo en mi equipaje de mano. Mañana, vida normal. Pero esta noche, fui una puta libre.