Mi escala ardiente con la desconocida de pies perfectos

Estaba en escala en Barajas, Madrid, esperando mi vuelo a Barcelona. Cansada del viaje, pedí un café en el bar. Olía a espresso quemado, y las anuncios de vuelos retumbaban: ‘Vuelo IB-123 a París, embarque inmediato’. La clim del aeropuerto me erizaba la piel. Llevaba sandalias abiertas, mis uñas rojas brillando, y notaba miradas, pero nada serio.

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Entonces la vi. Sentada en la barra, cruzando las piernas. De unos 35, morena, curvas de infarto. Pero sus pies… Dios, unas mules transparentes con tacón altísimo, cadena en el tobillo, anillo en el segundo dedo, esmalte rosa perla. Perfectos, cambrados. No pude evitar mirar. Ella pilló mi mirada, sonrió de lado. ‘¿Te gustan?’, murmuró, quitándose una mule y dejando pendular el pie.

El cruce de miradas en el bar del aeropuerto

Me acerqué, corazón acelerado. ‘Son… increíbles. Haces que el aeropuerto parezca un sueño’. Hablamos. Se llamaba Laura, venía de París, escala larga antes de México. Yo volaba en cuatro horas. ‘Odio estas esperas’, dijo, rozando mi pierna con su pie descalzo. ‘¿Y si matamos el tiempo? Hay un hotel al lado, anónimo, sin compromisos’. La adrenalina me subió. ‘Vámonos’, respondí, voz temblorosa.

Caminamos rápido, su taconeo resonando. En recepción, pagué una habitación por horas. Subimos, la puerta se cerró. Clim fría, sábanas blancas impolutas oliendo a detergente. ‘Quítate todo’, ordenó, quitándose las mules. Sus pies olían a cuero nuevo y sudor ligero del viaje. Me arrodillé, besé sus plantas. ‘Joder, qué suaves’, gemí.

Se tumbó en la cama, yo desnuda ya, tetas duras por la excitación. Le masajeé los pies con loción de mi bolso, olor a lavanda invadiendo la habitación. Chupé sus dedos uno a uno, lengua entre ellos, saboreando el salado. ‘Mmm, cabrona, me pones cachonda’, jadeó ella, metiendo una mano en su coño depilado, ya mojado. Se giró, me puso un pie en la boca y el otro en mi clítoris. ‘Frota tu coño contra mi pie’, mandó.

La follada urgente en la habitación del hotel

Obedecí, resbalando mi humedad por su planta. Ella se masturbaba furiosa, dedos hundiéndose en su chocho abierto. ‘Córrete ya, no tenemos tiempo’, gruñó. Cambiamos: yo en la cama boca arriba, ella encima, sus pies en mi cara. Lamí talones, succioné el arco. Cogí su pie derecho y lo metí entre mis labios vaginales, el dedo gordo entrando como una polla pequeña. ‘¡Fóllame con el pie!’, supliqué. Empujó, adentro-afuera, mientras su otro pie me pellizcaba los pezones.

No aguanté. ‘Me corro, joder’, chillé, chorros saliendo, empapando sus dedos. Ella se subió a mi cara, coño chorreando en mi boca. ‘Lámeme el culo también’, pidió, abriéndose. Lengua en su ano apretado, dedo en su clítoris. Se corrió gritando, jugos en mi garganta. Luego, 69 salvaje: yo chupando su coño, ella mi culo con los dedos. Sus pies rozándonos las pollas inexistentes, pero el roce nos volvía locas.

Sudadas, oliendo a sexo y lavanda. Miramos el reloj: mi vuelo en una hora. ‘Vuelve a París pronto’, susurró, besándome. Nos vestimos rápido, sin palabras. Bajamos, ella a su puerta, yo al aeropuerto. Anuncios de vuelos otra vez. Su sabor en mi boca, el recuerdo de sus pies follándome. Subí al avión, coño palpitando, sonrisa pícara. Un secreto en mi equipaje de mano.

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