Escala ardiente: mi polvo rápido en el hotel del aeropuerto

Eh, soy Lucía, de Madrid, 27 años, piel morena, tetas firmes y un culo que vuelve locos. Viajaba sola, escale de cuatro horas en Barajas por un vuelo a Ibiza. Odio las esperas eternas, el olor a café quemado del bar, las voces mecánicas anunciando vuelos… ‘Vuelo IB-567 a las 3:45, puerta 23’. Me pedí un gin-tonic para matar el tiempo.

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Ahí la vi. Sentada sola en la barra, morena con melena larga, unos 22 años, curvas suaves, tetas generosas apretadas en una blusa blanca. Nuestros ojos se cruzaron. Sonrió tímida, yo le devolví una mirada caliente. Me acerqué, ‘¿Escale eterna también?’. Se llamaba Ana, de Valencia, volaba a París en tres horas. Hablamos de viajes, de lo jodido que es estar sola. Sentí la electricidad, sus rodillas rozando las mías. ‘¿Sabes qué? Tengo habitación en el hotel de al lado. Dos horas libres, ¿por qué no las quemamos?’, le solté directa. Dudó un segundo, mordiéndose el labio. ‘Vale, joder, sí. Nunca he hecho algo así’. Adrenalina pura. Sabíamos que no habría mañana.

El cruce de miradas en el bar del aeropuerto

Subimos al hotel, la clim fría erizando la piel, el pasillo con luces fluorescentes. Mi habitación impersonal, sábanas blancas crujientes, olor a limpio y lejano a combustible de aviones. Cerré la puerta y la besé. Fuerte, lenguas enredadas, saliva caliente. Sus manos en mis tetas, apretando pezones duros. ‘Dios, qué ganas’, murmuró. Le arranqué la blusa, sujetador negro, tetas 90C perfectas, oscuros pezones. Chupé uno, mordí suave, ella gimiendo bajito.

Nos tiramos en la cama, culottes empapadas. Le bajé la suya, coño depilado con triángulo negro, labios hinchados brillando. ‘Lame mi coño, porfa’, suplicó. Separé sus muslos, olía a excitación pura, salada. Lengua en su clítoris, chupando fuerte, dedos dentro, mojada como una fuente. ‘¡Sí, joder, más profundo!’. Ella me volteó, 69 frenético. Su boca en mi coño, lengua follándome, dedos en mi culo. Gemía contra su carne, ‘Me corro, Ana, no pares’. Explosé, jugos en su cara.

El polvo urgente en la habitación

Quería más. Saqué el vibrador de la maleta, pequeño, discreto. ‘Métemelo’, dijo jadeando. Lo encendí, lo hundí en su coño apretado mientras le comía el clítoris. Temblores, gritos ahogados por las paredes finas. ‘Ahora yo a ti’. Me lo clavó, vibrando en mi punto G, su lengua en mi ano. ‘¡Fóllame con la lengua ahí!’. Orgasmo doble, cuerpos sudados pegados.

No había tiempo para más juegos. La puse a cuatro, le abrí el culo, dedos en coño y ano alternando. ‘Quiero correrme en tu boca’. Se giró, yo encima, tribbing salvaje, coños frotándose, clítoris chocando. ‘¡Me vengo, Lucía!’. Chorros calientes, mezclados. Sudor, olor a sexo en la clim helada. Anuncios de vuelos retumbando lejanos.

Miramos el reloj. Su vuelo en 45 minutos, el mío en una hora. ‘Ha sido… increíble’, dijo besándome suave. Vestidas a prisa, números no intercambiados. ‘Adiós, desconocida’. Bajamos, ella al embarque, yo con el coño palpitando aún, sabor suyo en la boca. Despegue con ese fuego en el equipaje de mano. Nunca más, pero qué polvo.

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