Estaba en esa puta sala de espera del aeropuerto de Madrid, con mi vuelo retrasado tres horas. El olor a café quemado del bar me mareaba, mezclado con el zumbido constante de las anuncios de vuelos. ‘Vuelo EK147 a Dubái, puerta 23’. Me pedí un gin-tonic para matar el tiempo, sentada en un taburete alto, piernas cruzadas, falda corta subiendo un poco.
La vi entrar. Pelo corto negro, piercing en el ombligo asomando bajo la camiseta ajustada, shorts vaqueros que marcaban sus muslos bronceados. Se sentó a mi lado, pidió una cerveza. Nuestras miradas se cruzaron. Sonreí, ella dudó un segundo, ‘¿Española? Pareces de aquí’. ‘Sí, de Barcelona, pero volando a Nueva York por curro. ¿Y tú?’. ‘De paso, escapita de París. Vuelo mañana temprano’. Hablamos de tonterías, pero el aire se cargaba. Sus ojos bajaban a mis tetas, yo a su piercing. ‘¿Eres abierta?’, le pregunté bajito. Se rio, ‘Más de lo que crees. ¿Hotel cerca? Mi escala es larga, busco compañía sin compromisos’.
El Cruce de Miradas en la Sala VIP
La decisión fue rápida. Adrenalina pura, sabiendo que en horas me piraba. ‘Vamos al mío, está a cinco minutos en taxi. Habitación 312, Hilton Airport’. Pagamos, salimos. El taxi olía a ambientador barato, su mano en mi rodilla ya. Llegamos, la climaca fría de la habitación nos golpeó, sábanas blancas impolutas, impersonales. Perfecto para follar sin huella.
Cerré la puerta, nos miramos. ‘Eh… ¿lista?’, murmuré. Ella me empujó contra la pared, boca en mi cuello, ‘Joder, sí. Quítate todo’. Le arranqué la camiseta, sus tetas firmes saltaron, pezones duros como piedras. Mordí uno, ella gimió, ‘¡Coño, qué bien!’. Bajé sus shorts, su coño depilado brillaba ya, húmedo. ‘Estás chorreando’, le dije, metiendo dos dedos directo. Se arqueó, ‘¡Fóllame ya, no tenemos toda la noche!’. La tiré en la cama, piernas abiertas, olía a sexo puro, a deseo crudo.
Explosión de Placer en la Habitación del Hotel
Le comí el coño como loca, lengua en el clítoris hinchado, chupando fuerte. ‘¡Sí, así, puta! ¡Más profundo!’, gritaba ella, agarrándome el pelo. Metí la lengua dentro, saboreando su jugo salado, mientras le pellizcaba el piercing del ombligo. Se retorcía, ‘Me voy a correr… ¡no pares!’. La penetré con tres dedos, bombeando rápido, urgente, el sonido chap-chap llenaba la habitación. Su culo se contraía, ano apretado guiñándome. ‘Quiero tu lengua ahí’, jadeó. Le abrí las nalgas, lamí su culito, introduje un dedo mientras seguía follando su coño con la otra mano.
Cambié, ella encima. Me abrió las piernas, ‘Ahora tú, guarra’. Me devoró el coño, dedos en mi ano, chupando mi clítoris hasta que vi estrellas. ‘¡Joder, me corro! ¡No pares, coño!’, grité. Nuestros coños se frotaron, tribbing salvaje, clítoris contra clítoris, resbaladizos de jugos. Sudor, gemidos, la cama crujía. ‘¡Córrete conmigo!’, me ordenó, y explotamos juntas, chorros calientes mezclándose, cuerpos temblando en espasmos.
Agotadas, nos quedamos jadeando. Miré el reloj: 2 AM, mi vuelo a las 6. ‘Ha sido brutal’, dijo ella, besándome suave. Nos vestimos en silencio, taxi la llevó de vuelta. La vi irse desde la ventana, luces del aeropuerto parpadeando. Subí al avión con el coño palpitando aún, olor a ella en mi piel, ese polvo anónimo en mi bagaje a mano. No hubo números, ni promesas. Solo fuego puro.