Estaba en el aeropuerto de Charles de Gaulle, escala eterna de cuatro horas antes de mi vuelo a Madrid. El olor a café quemado del bar flotaba en el aire, mezclado con anuncios de vuelos en inglés y francés: ‘Última llamada para el vuelo a Nueva York…’. Me senté en la barra, sudada por el viaje, con mi maleta a los pies. Vestido ligero, sandalias, el aire acondicionado helado me ponía la piel de gallina.
Entonces la vi. Una morena preciosa, piel mate como caramelo, ojos negros profundos, melena rizada hasta los hombros. Parecía artista, con manchas de pintura en la camiseta ajustada que marcaba unos tetones enormes, sin sujetador, balanceándose al caminar. Culazo redondo en pantalones de seda blanca. Se sentó cerca, pidió un café. Nuestras miradas se cruzaron. Sonreí. Ella dudó, pero devolvió la sonrisa. ‘¿Española?’, preguntó con acento exótico, marroquí quizás. ‘Sí, de Barcelona. ¿Tú?’. ‘De París, pero raíces en Marruecos. Escala también, vuelo en unas horas’. Hablamos. Se llamaba Nadia. Química instantánea. El anonimato del aeropuerto, la idea de no vernos nunca más… me encendió. ‘¿Y si matamos el tiempo en un hotel aquí al lado? Solo unas horas’. Ella parpadeó, mordió su labio. ‘Joder, ¿por qué no? Mi habitación está pagada hasta mañana’. Agarré mi maleta, corazón latiendo fuerte.
El mirada que lo cambió todo en la sala de embarque
El hotel era impersonal, cerca de las pistas. Pasillo con moqueta raída, olor a desinfectante. Subimos. La clim roncaba fría. Draps blancos crujientes en la cama doble. Cerró la puerta y ya estaba sobre mí. Beso salvaje, lenguas enredadas, saliva chorreando. ‘Quítate todo’, gruñó. Me arranqué el vestido, quedé en bragas. Ella se sacó la camiseta: tetas 95D firmes, pezones oscuros duros. Pantalón abajo, tanga negra asomando. La empujé a la cama, le arranqué la tanga. Coño depilado, labios hinchados, ya mojado. ‘Me encanta tu concha, Nadia’. Me arrodillé, lamí desde el ano hasta el clítoris. Sabía dulce, salado. Ella gemía: ‘¡Sí, lame mi coño, puta!’. Metí dos dedos, bombeé fuerte. Chorros de jugo en mi mano.
Se giró, me puso a cuatro patas. ‘Ahora tú, guarra’. Sentí su lengua en mi culo, chupando el ano mientras metía dedos en mi chocho empapado. ‘¡Qué ano tan rico, se abre fácil!’. Tres dedos en mi culo, follándome anal mientras me pellizcaba los pezones. Grité. Quería más. La tiré boca arriba, abrí sus piernas. Escupí en su coño, metí la mano entera. Poquito a poco, puño dentro. ‘¡Rraaah, fóllame el útero, joder! ¡Desuélame la concha!’. Moví el puño en círculos, su coño chorreaba como río. Tetas rebotando, gritaba: ‘¡Voy a correrme! ¡Aaaaah!’. Explosión, jugos por todos lados.
Follada brutal en la habitación con urgencia de escala
Mi turno. Me senté en su cara. ‘Chúpame el clítoris, mamá’. Lengua experta, dedos en mi ano. Dos, tres… cuatro. Me corrí gritando, temblando, rociándola la cara. Nos lamimos mutuamente, dedos en culos y coños. ‘Tus tetas son mías’, le chupé los pezones hasta doler. Frotamos coños, tribbing salvaje, sudando bajo la clim.
Amaneció. Anuncios de vuelos en la tele. ‘Mi avión sale en una hora’. Besos lentos, cuerpos pegajosos. ‘Ha sido brutal, anónima’. ‘Vuelve algún día’. Bajé sola, coño palpitando, maleta con ese secreto ardiente. Subí al avión, sonrisa pícara. Ningún mañana, puro vicio.