Escala ardiente en el hotel del aeropuerto: mi polvo anónimo inolvidable

Estaba en esa escala eterna en Madrid-Barajas, vuelo retrasado hasta la mañana. Hotel cutre al lado del aeropuerto, de esos con habitaciones impersonales y el zumbido constante de los aviones. Me senté en el bar, olor a café quemado y hamburguesas recalentadas flotando en el aire. La clim del sitio helaba, pero el whisky me calentaba por dentro. Miraba el móvil, aburrida, cuando… ahí estaba él. Alto, moreno, traje arrugado de ejecutivo estresado. Nuestras miradas se cruzaron. Sonrisa. Él se acercó, cerveza en mano.

—Hola, ¿esperando vuelo también? —dijo con acento francés, voz grave.

El cruce de miradas en el bar

—Sip, hasta las 7. ¿Y tú?

—Igual. ¿Quieres compañía para matar el tiempo?

Hablamos de tonterías, vuelos perdidos, ciudades visitadas. El feeling era eléctrico. Admití que me flipa el anonimato de los viajes, follar sin compromisos. Él sonrió pícaro.

—¿Y si jugamos? Pago por lo que te quites. 100 por el primero, 200 el segundo…

Me reí, intrigada. Adrenalina pura. ¿Por qué no? Terminamos las copas, subimos a su habitación. Anuncios de vuelos retumbando en los altavoces del pasillo.

La puerta se cerró. Clim fría, sábanas blancas crujientes oliendo a detergente barato. Me quitó el abrigo, manos temblorosas. Saqué el sujetador por debajo de la blusa, se lo di. Él lo olió, ojos brillantes.

—Ahora la braguita… —susurró, metiendo 200 pavos en mi mano.

Me bajé la falda lo justo, enredándome con la cremallera. Estaba ya mojada, coño palpitando. La tela húmeda se deslizó por mis muslos, se la tendí. La metió en su bolsillo, polla ya dura marcando el pantalón.

—300 por lo último —dijo, voz ronca.

Me quité la blusa despacio, tetas libres, pezones duros por el frío. Él jadeaba. Me tiró sobre la cama, sábanas frías contra mi piel caliente. Boca en mis tetas, chupando fuerte, mordiendo. Gemí alto.

La follada urgente en la habitación

—Fóllame ya, no tenemos tiempo —le urgí.

Se bajó los pantalones, polla gruesa, venosa, goteando precum. La cogí, dura como piedra. La chupé voraz, lengua en el glande, bolas en la mano. Él gruñía, agarrándome el pelo.

—Joder, qué boca…

Me puso a cuatro patas, nalgas al aire. Dedos en mi coño, chapoteando en mis jugos. Entró de golpe, polla llenándome entera. ¡Ah! Dolor placer mezclado. Me taladraba brutal, rápido, cama chirriando. Sudor goteando, olor a sexo crudo invadiendo la habitación.

—Córrete dentro, no pares —jadeé.

Cambié de posición, encima. Rebotaba en su polla, coño tragándosela hasta el fondo. Clit frotando su pubis, orgasmo subiendo. Él pellizcaba mis tetas, pellizcos que ardían. Me corrí gritando, contracciones apretando su verga. Él no aguantó, semen caliente inundándome, chorros potentes.

Nos quedamos jadeando, cuerpos pegajosos. Mirada de complicidad. Sonreí.

—Ha sido… brutal.

Se duchó rápido. Yo recogí mi ropa, braguita guardada en su maleta como trofeo. Bajamos al lobby, anuncios de mi vuelo retumbando. Me besó fugaz.

—Buen viaje, desconocida.

Subí al avión, coño aún palpitando, semen resbalando por mis muslos. Recuerdo ardiente en mi equipaje de mano. Sin nombres, sin mañana. Solo placer puro.

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