Estaba en escala en el aeropuerto de Barcelona. Vuelo a Madrid retrasado hasta la madrugada. Me metí en el hotel de al lado, uno de esos cutres pero prácticos, con habitaciones impersonales. Bajé al bar a matar el tiempo. Olía a café recién hecho, fuerte, mezclado con el aire acondicionado frío que te pone la piel de gallina. En fondo, las voces grabadas: ‘Pasajeros con destino a París, puerta 15’. Me pedí un cortado, sentada en la barra, piernas cruzadas, falda corta porque hace calor eterno aquí.
Él entró, traje arrugado, maletín en mano. Tipo de unos 40, moreno, mirada directa. Se sentó dos taburetes más allá. Nuestros ojos se cruzaron. Sonrisa rápida, la mía coqueta. Pidió una cerveza. ‘¿Vuelo perdido?’, me soltó. ‘Retraso, como siempre’, respondí, riendo bajito. Charlamos. Se llamaba Marcos, de paso por negocios. Yo, Ana, viajera habitual. El bar medio vacío, solo algún piloto dormido en una mesa.
La Mirada en el Bar del Hotel
De repente, frunció el ceño, olfateó el aire. ‘¿Ese olor…?’, murmuró. Me quedé quieta. Joder, lo sabía. Antes, en el baño del aeropuerto, me había tocado pensando en una aventura rápida. Estaba húmeda, excitada, y no me limpié bien. Mi coño olía fuerte, a sexo reciente. ‘¿Qué olor?’, pregunté fingiendo inocencia, pero con brillo en los ojos. Él se acercó: ‘Hueles a… a coño mojado. Me pone burro’. Me reí, sorprendida pero cachonda. ‘Imbécil, ¿y si te excita?’. Dudó un segundo, pero su mirada era fuego. ‘¿Quieres comprobarlo?’, le dije bajito, mordiéndome el labio.
Nos subimos a mi habitación en un suspiro. Ascensor lento, manos rozando. Puerta cierra, clic. Aire frío de la clim, sábanas blancas crujientes sobre la cama. Él me empujó contra la pared, beso salvaje, lengua dentro. ‘Quítate la falda’, gruñó. Nada de culotte, directo a mi coño peludo, chorreando. ‘Joder, estás empapada, saliste de polla hace nada, ¿eh?’, dijo metiendo dedos. ‘Me toqué pensando en un tío como tú’, confesé jadeando. Olía a mi propia leche mezclada con su saliva.
El Polvo Urgente y la Despedida
Se bajó los pantalones, polla gorda, venosa, tiesa como piedra. ‘Chúpala’, ordenó. Me arrodillé en la alfombra áspera, tragué hasta la garganta, baboseando toda. Él gemía: ‘Sí, puta de aeropuerto…’. Me levantó, tiró sobre la cama. Draps fríos contra mi piel caliente. Me abrió las piernas, lamió mi clítoris hinchado, chupando fuerte. ‘¡Me corro!’, grité, temblando, jugos por su barbilla.
‘Ahora fóllame’, supliqué. Se puso encima, polla entrando de golpe en mi coño abierto. Embestidas brutas, cama chirriando. Sudor, olor a sexo puro. Le arañé la espalda. ‘Más duro, cabrón, que me voy en dos horas’. Cambiamos: yo encima, cabalgando, tetas rebotando, pezones duros. Él las mordió. Luego, perrito sobre el escritorio, papeles volando. Intentó el culo, ‘No, solo coño’, negué. Me la metió hasta el fondo, coño borboteando. ‘Me corro dentro’, avisó. ‘Sí, lléname de leche’. Explosión, semen caliente inundando, goteando por muslos.
Terminado, jadeos. Se vistió rápido, beso fugaz. ‘Buen viaje’, dijo con guiño. Yo, piernas temblando, semen resbalando mientras cerraba la puerta. Busqué mi vuelo: ‘Embarque en 30 minutos’. Me limpié somero, olor persistente. En el avión, sentada, coño palpitando, recuerdo quemando. Ningún mañana, solo este polvo anónimo en mi equipaje mental. Qué adre nalina, joder.