Estaba en la sala de embarque, con el olor fuerte a café quemado del bar flotando en el aire. Anuncios de vuelos retumbaban: ‘Vuelo a Madrid, puerta 15’. Sudor pegajoso por la humedad, pero la clim del aeropuerto me ponía la piel de gallina. Yo, con mis 28 años, leggings ajustados y top escotado, matando el tiempo de mi escala de seis horas. De repente, lo vi. Alto, moreno, ojos intensos, camisa entreabierta dejando ver pecho tatuado. Nuestras miradas se cruzaron. Sonrisa pícara. Me acerqué al bar, pedí un gin-tonic. Él se sentó al lado. ‘¿Escala larga?’, preguntó con acento italiano. ‘Sí, jodidamente larga. ¿Y tú?’ ‘Igual. Hotel al lado, ¿vienes a matar el tiempo?’ Dudé un segundo, el corazón latiendo fuerte. La idea de follar con un desconocido, saber que en horas me iría… me puso cachonda al instante. ‘Vale, vamos.’
Pagamos rápido, salimos al parking. El hotel era cutre pero perfecto: luces neón, recepción vacía. Subimos al ascensor, ya nos comíamos la boca. Sus manos en mi culo, apretando fuerte. ‘Eres una puta caliente’, murmuró. ‘Y tú una polla dura que quiero probar’. La habitación olía a desinfectante y clim fría. Sábanas blancas impolutas, impersonales. Cerró la puerta, me empujó contra ella. Bajó mis leggings de un tirón, yo le arranqué la camisa. Su polla saltó libre, gorda, venosa, ya chorreando precum. ‘Chúpamela’, ordenó. Me arrodillé, lamí el glande salado, tragué hasta la garganta. Tosí un poco, saliva cayendo. Él gemía: ‘Joder, qué boca…’. Me levantó, tiró en la cama. Separó mis piernas, hundió la cara en mi coño rasurado. Lamía el clítoris como loco, metiendo dos dedos, luego tres. ‘Estás empapada, zorra’. Me corrí gritando, jugos por sus barbas.
El mirada que lo cambió todo
No perdimos tiempo. ‘Fóllame ya’, supliqué. Se puso condón, pero yo lo quité: ‘Sin, crudo, me corro mejor’. Me montó, embistió profundo. Polla llenándome el coño, golpes secos contra mi cervix. ‘¡Más fuerte, joder!’. Cambiamos: yo encima, cabalgando salvaje, tetas botando. Él pellizcaba mis pezones duros. ‘Ahora el culo’, dije, recordando mi plug en la maleta. Saqué lubricante del bolso –siempre llevo. Me puse a cuatro, cambré la espalda. Él escupió en mi ano, empujó la punta. Duele al principio, pero rico. ‘¡Despacio… ah, sí!’. Entró entero, bolas golpeando mi clítoris. Me follaba el culo como animal, manos en mis caderas marcando moretones. ‘Tu ojete es mío, apretado y caliente’. Metí mano a mi coño, me masturbaba mientras él sodomizaba. ‘Me vengo… ¡fóllame más!’. Él aceleró: ‘Me corro dentro, puta’. Calor explotando en mis entrañas, yo convulsionando en orgasmo múltiple. Sudor, olor a sexo crudo, jadeos.
Caímos exhaustos. Miré el reloj: tres horas voladas. ‘Mi vuelo en una hora’, dije. Él sonrió: ‘El mío antes’. Ducha rápida, agua caliente lavando semen de mi culo goteante. Nos vestimos en silencio, beso húmedo en la puerta. ‘Ha sido brutal’, susurró. Bajamos, cada uno a su terminal. Anuncios otra vez: ‘Última llamada Barcelona’. Me fui con el coño palpitando, culo ardiendo bajo los leggings. Ese desconocido en mi equipaje a mano: recuerdo eterno de polla anónima, placer sin nombre.