Mi escale ardiente en el aeropuerto: follada salvaje con un desconocido

Estaba en la sala de embarque, vuelo retrasado tres horas. El aire olía a café quemado del bar de al lado, mezclado con desinfectante. La clim fría me ponía la piel de gallina bajo la falda ligera. Miraba el móvil, aburrida, cuando lo vi. Alto, moreno, ojos intensos. Nuestras miradas se cruzaron. Sonrió, yo aparté la vista, pero volví a mirar. Él se acercó, cerveza en mano.

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—Hola, ¿esperando el mismo vuelo? —dijo, voz grave, con acento francés.

El cruce de miradas en la sala de embarque

—Eh… sí, Madrid. ¿Y tú?

—París, pero con tiempo. Me llamo Marc. ¿Quieres compañía?

Dudé. El anonimato del aeropuerto me ponía cachonda. Volaba sola, sin compromisos. Pensé en el hotel al lado, esas habitaciones impersonales para escalas.

—Vale, pero solo unas horas. Mi vuelo sale al amanecer.

Sus ojos brillaron. Pagó unas copas, hablamos tonterías. La adrenalina subía: sabía que nos iríamos juntos. Anunciaron otro retraso, perfecto. Caminamos al hotel, riendo nerviosos. Recepción rápida, llave en mano. Subimos, el ascensor pitaba como un corazón acelerado.

La habitación era típica: cama grande, sábanas blancas crujientes, clim zumbando, ventana con vistas a pistas de aterrizaje. Luces de aviones parpadeaban afuera. Cerró la puerta, me empujó contra ella. Beso duro, lengua invasora. Manos por todas partes.

—Quítate todo, puta —gruñó, quitándose la camisa.

Obedecí rápido. Falda al suelo, bragas húmedas. Él se bajó los pantalones, polla dura saltando libre, gruesa, venosa. Olía a hombre, sudor limpio. Me arrodillé, la cogí en boca sin pensarlo. Chupé fuerte, lengua en el glande, bolas pesadas en la mano. Gemía bajito.

—Joder, qué boca. Trágatela toda.

La empujé hasta la garganta, saliva chorreando. Me follaba la boca, manos en mi pelo. Luego me tiró a la cama, sábanas frías contra mi piel caliente. Piernas abiertas, coño expuesto, mojado ya. Lamía mis tetas, mordiendo pezones. Bajó, lengua en mi clítoris, dedos dentro, curvados.

La follada brutal en la habitación del hotel

—Estás empapada, zorra. Te voy a reventar el coño.

—Sí, fóllame ya. No tenemos tiempo.

Se puso un condón, pero lo rompí con los dientes. Quería crudo. Me penetró de un golpe, polla llenándome entera. Gemí alto, uñas en su espalda. Bombeaba brutal, cama chirriando. Sudor goteando, clim helado contrastando con el fuego.

—Culo arriba, perra.

Me puse a cuatro patas, nalgas abiertas. Escupió en mi ano, dedo dentro primero, luego dos. Polla presionando, entrando lenta al principio, luego todo. Me dolía rico, estirándome. Follaba mi culo sin piedad, manos en caderas, azotes rojos.

—Tu culo es mío esta noche. Aguanta.

Me masturbaba el clítoris mientras él me taladraba. Orgasmo brutal, gritando, coño contrayéndose. Él aceleró, gruñendo, corriéndose dentro, leche caliente inundando mi culo. Colapsamos, jadeando. Besos suaves después, pero urgencia en el aire.

Anuncios de vuelos retumbaban lejanos. Me duché rápido, agua caliente lavando sudor y semen. Él fumaba en la cama, mirándome.

—Ha sido increíble. Sin nombres reales, sin promesas.

Vestí deprisa, beso fugaz. Bajamos, separándonos en el lobby. Él a su puerta, yo al aeropuerto. Sentada en la sala, coño y culo palpitando, sonrisa tonta. Vuelo embarcando. Despegamos, ese recuerdo quemándome entre las piernas. Volvería a hacerlo.

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