Estaba en Barajas, escale de cuatro horas. Vol retrasado, qué mierda. Me senté en el bar de la sala de embarque, pedí un café. Olía fuerte, amargo, mezclado con el zumbido de las anuncios: ‘Vuelo a Barcelona, puerta 15’. La clim fría me erizaba la piel bajo la blusa ligera. Miraba el móvil, aburrida, pensando en lo que haría si no volaba pronto. Adoro estos momentos, anonimato total, nadie me conoce.
Entonces, lo vi. Alto, moreno, ojos intensos. Estaba dos mesas más allá, con una birra en la mano. Nuestras miradas se cruzaron. Sonrió, leve, como probando. Yo desvié la vista, pero volví. Él se acercó, casual. ‘¿Escale eterna, eh?’, dijo con acento andaluz, suave. ‘Sí, joder, tres horas ya’, respondí, riendo. Se sentó. Se llamaba Pablo, en tránsito a Sevilla. Hablamos de viajes, de lo puta que es la vida en aviones. Sentí la chispa. Adrenalina subiendo. Mi vuelo en dos horas y media. ‘Oye, hay un hotel aquí al lado, cinco minutos. ¿Quieres matar el tiempo?’, soltó de repente. Dudé un segundo, el corazón latiendo fuerte. ‘Vale, por qué no. Total, nos vamos en nada’. Pagamos y salimos, el olor a fuel de pista en el aire.
El cruce de miradas en la sala de embarque
Llegamos al hotel cutre cerca del aeropuerto. Recepción rápida, llave en mano. Subimos. La habitación impersonal: cama con sábanas blancas crujientes, clim zumbando helada, cortinas que no tapan nada de las luces de pista. Cerró la puerta y me besó ya, urgente. Manos por todas partes. ‘Joder, qué ganas’, murmuró. Le arranqué la camisa, piel caliente contra la mía. Caímos en la cama, sábanas frías rozando mis muslos. Me quitó el pantalón, las bragas de un tirón. ‘Mira qué coño tan rico, mojado ya’, dijo, abriéndome las piernas. Lamía mi clítoris, lengua áspera, chupando fuerte. Gemí, arqueándome. ‘Sí, así, no pares’. Metió dos dedos, bombeando rápido, mi jugo chorreando por sus nudillos.
El polvo urgente en la habitación del hotel
Me puse encima, cabalgándolo. Su polla dura, gruesa, entrando de golpe en mi coño empapado. ‘Fóllame fuerte, Pablo, que nos queda poco’. Rebotaba, tetas saltando, él agarrándolas, pellizcando pezones. Sudor mezclado con olor a sexo y café de mi aliento. Cambiamos: de lado, él detrás, embistiéndome como animal. ‘Tu coño aprieta de puta madre’, gruñía. Le chupé la polla, sabor salado, bolas en mi mano. La tragué entera, garganta profunda, él gimiendo ‘joder, qué boca’. Volvió a follarme a cuatro patas, nalgadas resonando, polla golpeando mi culo. ‘Me corro, nena’, avisó. ‘Dentro, lléname’. Eyaculó caliente, chorros en mi coño, yo masturbándome el clítoris hasta correrme temblando, piernas flojas.
Nos duchamos rápido, agua caliente contrastando la clim. Agua jabonosa por mi piel, su mano aún rozándome el culo. ‘Ha sido brutal’, dijo riendo. Vestidos, bajamos. En la puerta del hotel, beso rápido. ‘Suerte en el vuelo’. Corrí al aeropuerto, anuncio retumbando: ‘Embarque puerta 15’. Sentada en el avión, coño aún palpitando, semen goteando en las bragas. Sonreí. Recuerdo ardiente en mi equipaje de mano, sin mañana, pura libertad.