Mi escale salvaje en el hotel del aeropuerto con cuatro desconocidos

Estaba en escala en Barajas, Madrid, volviendo de un curro en Barcelona. Eran las once de la noche, mi vuelo salía a las seis de la mañana. La sala de embarque estaba medio vacía, olor a café quemado del Starbucks, anuncios de vuelos retumbando: ‘Última llamada para París…’. Me senté en el bar, pedí un gin-tonic para matar el tiempo. Llevaba un vestido ligero, negro, que se pegaba a mis curvas –soy morena, ojos azules, 1,68, tetas 90C firmes de tanto gym, cuarentona pero en forma.

Cuatro tíos, unos veintitantos, turistas franceses de vacaciones, se acercaron riendo. No parecían pesados, altos, guapos, con esa vibe despreocupada. ‘¿Puedo sentarme?’, dice uno, el más alto, con sonrisa pícara. Asentí, charlamos. Vinos, risas, el aire acondicionado helado erizándome la piel. ‘Somos de Lyon, en escala también’, contaron. Yo, abierta como siempre en viajes, solté: ‘El anonimato de los aeropuertos me pone’. Se miraron, ojos brillantes. Uno rozó mi brazo: ‘¿Y si prolongamos la noche? Hay un hotel aquí al lado’. Dudé un segundo, el corazón latiendo fuerte. ‘Vale, pero solo unas horas’. Adrenalina pura, sabiendo que al amanecer cada uno a su avión.

El cruce de miradas en la sala de embarque

Llegamos al hotel cutre pero limpio, recepción desierta. Subimos a su habitación –habitación triple, pero pidieron extra cama. Olía a ambientador barato, sábanas blancas impolutas, zumbido de la clim. Abrimos cervezas del minibar, pusieron música baja en el móvil. Me senté en la cama, rodeada. ‘Estás buenísima’, murmuró el alto, sentándose cerca. Sus amigos asintieron, fumando un porro que pasó. La luz tenue de la lámpara, el cansancio del viaje… me relajé.

De repente, el alto me miró fijo, sonrió y acercó sus labios. Sorprendida, pero cachonda, le seguí el rollo. Beso suave al principio, lengua caliente invadiendo mi boca. Del otro lado, una mano en mi muslo, subiendo despacio. ‘Si no quieres…’, dice el del beso, voz ronca. ‘No… quiero’, balbuceé, excitada ya. Sus dedos rozaron mi teta derecha sobre el vestido, pezón duro al instante. ‘Joder, qué tetas’, susurró otro, metiendo mano por el escote. Las dos tetazas al aire, malaxadas, chupadas. Gemí bajito, el anuncio de un vuelo lejano en el fondo.

La follada urgente antes del amanecer

Manos por todas partes. Bajaron mi vestido, tanga al suelo. ‘Mira ese coño depilado’, rió uno. Me abrí de piernas en la cama, ellos desnudos ya, pollas tiesas, gruesas. El alto se arrodilló primero, lengua en mi clítoris, lamiendo fuerte. ‘¡Ay, coño!’, grité, corriéndome en segundos, temblores por todo el cuerpo. ‘Estoy para vosotros…’, solté, voz temblorosa de placer.

Me folló el primero, polla enorme entrando de golpe en mi coño chorreante. ‘¡Qué apretada!’, jadeó, embistiendo duro. Otro metió su polla en mi boca, follándome la garganta. Los otros se turnaban chupando tetas, metiendo dedos en mi culo. Cambiaron: uno por detrás, polla en el coño, otro en el culo –doble penetración brutal, dolor-placer. ‘¡Folladme más fuerte!’, pedí, perdida. Pollas entrando y saliendo, semen en mi cara, tetas, coño. Corrí tres, cuatro veces, gritando, sudada, sábanas revueltas. Me poseían todos a la vez, manos, bocas, pollas. ‘Eres una puta diosa’, gemían. Horas de sexo crudo, urgente, sin condón, sabiendo que no había mañana.

A las cinco, alarmas sonando. Ducha rápida, besos, números falsos. ‘Ha sido épico’, dijo el alto, guiñando. Bajamos, café en el lobby, olor a avión. Me fui a embarque, coño dolorido, semen secándose en las piernas, sonrisa pícara. Vuelo despegando, ese recuerdo ardiente en mi equipaje de mano. No sé sus nombres, ni quiero. Solo pura adrenalina viajera.

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