Mi escale ardiente en el hotel del aeropuerto: un polvo anónimo inolvidable

Estaba en el aeropuerto de Madrid, vuelo a Barcelona retrasado por la nieve. Eh… las altavoces no paraban de anunciar cambios, olor a café quemado por todos lados, gente nerviosa con maletas. Yo, con mi trolley, sentada en el bar de la sala de embarque, copa de vino en mano. Vestida casual: vaqueros ajustados, jersey fino, bragas de encaje que me rozaban justo ahí.

Lo vi entrar. Moreno, unos 30, barba de tres días, chaqueta de cuero. Nuestras miradas se cruzaron. Sonrisa rápida. Se acercó al bar, pidió una cerveza. ‘¿También esperando?’, dijo con acento francés. ‘Sí, horas muertas’, respondí, mordiéndome el labio. Charlamos. Se llamaba Alex, viaje de negocios, hotel reservado cerca por si acaso. Adrenalina subiendo. ‘¿Y si matamos el tiempo juntos?’, soltó él, ojos clavados en mis tetas. Dudé un segundo… ‘Vale, pero sin compromisos. Me voy en unas horas’. Pagó las copas, salimos cogidos de la mano hacia el shuttle del hotel.

El cruce de miradas en la sala de embarque

Llegamos al hotel cutre junto a la pista. Recepción impersonal, llave magnética. Subimos. La habitación: aire acondicionado helado pitando bajito, sábanas blancas crujientes, olor a desinfectante mezclado con su colonia. Puerta cerrada, clic. Nos besamos como lobos. Sus manos en mi culo, apretando fuerte. ‘Joder, qué buena estás’, murmuró. Le arranqué la camisa, pezones duros contra su pecho. Bajé la cremallera, saqué su polla. Gruesa, venosa, ya goteando precum. ‘Mmm, mira qué polla dura’, le dije, arrodillándome.

Se la metí en la boca, chupando profundo, lengua en el glande. Él gimiendo, manos en mi pelo: ‘Sí, así, puta…’. Me levantó, tiró de mis vaqueros. Bragas empapadas. ‘Estás chorreando, zorra’. Me tumbó en la cama, sábanas frías contra mi piel caliente. Abrió mis piernas, lengua en mi coño. Lamía el clítoris hinchado, dedos dentro, curvados tocando el punto G. ‘¡Ahh, joder, no pares!’, grité, arqueándome. Anuncios de vuelos lejanos por la ventana entreabierta. Urgencia: sabíamos que el tiempo volaba.

El polvo brutal en la habitación con urgencia

Me puse a cuatro patas, culo en pompa. ‘Fóllame ya, métemela toda’. Empujó, polla abriéndose paso en mi coño apretado. Golpes secos, brutales, huevos contra mi clítoris. ‘¡Más fuerte, cabrón!’. Sudor goteando, cama chirriando, clim zumbando. Cambiamos: yo encima, cabalgando, tetas botando. Sus manos pellizcando pezones. ‘Me corro… ¡ahhh!’, exploté, jugos chorreando por su polla. Él no paró, me volteó, misionero salvaje. ‘Te voy a llenar de leche’. Tres embestidas más, rugió, semen caliente inundando mi coño. Jadeando, besos salados.

Pero no acabó. Me lamió el coño con su corrida mezclada, luego me folló el culo. Lubricado con saliva, lento al principio, luego bestial. ‘¡Qué ano tan apretado!’. Grité de placer-dolor, orgasmo doble. Él se corrió otra vez, fuera, chorros en mis tetas.

A las 4 am, ducha rápida, agua caliente lavando pecados. ‘Ha sido brutal’, dijo él, besándome. Yo: ‘Sin mañana, ¿eh?’. Bajamos, shuttle de vuelta. En la sala de embarque, último beso robado. ‘Suerte en tu vuelo’. Despegamos, coño palpitando aún, semen secándose en mis bragas. Recuerdo quemando en mi bagage a mano. Mejor escale ever.

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