Mi escale ardiente en el aeropuerto: un polvo inolvidable con una desconocida

Estaba en escale en Barajas, Madrid, volviendo de un curro en París. Mi vuelo salía en cinco horas, joder, qué coñazo. Me senté en el bar del hotel pegado al aeropuerto, con esa climatización fría que te pone la piel de gallina. Olía a café quemado y a hamburguesas recalentadas, y en fondo, las voces mecánicas: ‘Vuelo IB-347 a Barcelona, puerta 12’. Pedí un gin-tonic para matar el tiempo.

Ahí la vi. Morena, unos cuarenta como yo, curvas generosas, vestido ligero que marcaba tetas libres. Nuestras miradas se cruzaron. Sonrió, pícaro, y se acercó. ‘¿Escale eterna también?’, dijo con acento francés suave. Se llamaba Sophie, de Niza, retraso en su vuelo a París. Hablamos de viajes, de lo liberador que es el anonimato. ‘No hay mañana’, susurró, rozando mi mano. El corazón me latió fuerte. ‘¿Subimos a mi habitación? Tengo dos horas libres’, propuse. Dudó un segundo, mordiéndose el labio. ‘Vale, vamos’. Adrenalina pura, sabiendo que nos iríamos sin números ni besos de despedida.

El encuentro en la sala de espera

La habitación era impersonal: sábanas blancas crujientes, aire acondicionado zumbando, ventana con vistas a pistolas iluminadas. Cerramos la puerta y nos besamos ya, hambrientas. Manos por todas partes. Le arranqué el vestido, tetas grandes, pezones duros. ‘Qué ricas’, gemí. Ella me quitó la blusa, lamió mi cuello. Olía a perfume dulce mezclado con sudor de viaje. ‘Sin bragas, ¿eh?’, rio al ver mi coño depilado asomando bajo la falda. Nos tiramos a la cama, piernas enredadas.

Le abrí las piernas, su coño estaba chorreando, labios hinchados, clítoris asomando como un botón rosado. ‘Lámeme, por favor’, suplicó. Hundí la cara, lengua en su raja, saboreando ese jugo salado y dulce. Gemía bajito, ‘Oui, comme ça… más adentro’. Le metí dos dedos, curvados, tocando su punto G. Se corcova, tetas rebotando. ‘Me vengo, joder’, gritó, squirteando un poco en mi boca. Yo estaba empapada, clítoris palpitando.

El sexo urgente en la habitación

Se giró, voraz. ‘Tu turno, puta’. Me puso a cuatro patas, nalgas al aire. Lamía mi culo, lengua en el ano, luego al coño. ‘Qué mojada estás, zorra’. Metió tres dedos, follándome duro, mientras me pellizcaba los pezones. ‘Fóllame con la lengua’, pedí. Me comió el clítoris, chupando fuerte, yo me retorcía en las sábanas frías. El zumbido del AC y las lejanas anuncios de vuelos nos ponían más calientes, urgencia total. Me corrí temblando, gritando su nombre, jugos por sus labios.

No paramos. Tribbing puro: coños frotándose, clítoris contra clítoris, resbaladizos. ‘Más rápido, que se me va el vuelo’, jadeé. Sudorosas, pegajosas, besos con lenguas enredadas. Le metí la mano entera casi, puño suave en su entrada, ella chillaba de placer. Otro orgasmo mutuo, cuerpos convulsionando.

Amaneció casi, luces del aeropuerto parpadeando. Nos duchamos rápido bajo el agua caliente, manos aún curiosas en coños sensibles. ‘Ha sido brutal’, dijo secándose. Vestidas, beso final en la puerta. ‘Buen viaje’. Bajé al aeropuerto, coño dolorido y satisfecho, ese olor a ella en mi piel. Mi vuelo llamó: ‘Última llamada’. Despegamos, con ese recuerdo ardiendo en mi equipaje de mano. No hay mañana, solo placer puro.

Leave a Comment

Your email address will not be published. Required fields are marked *

Scroll to Top