Estaba en escale en Villahermosa, México. Mi vuelo a Madrid salía en unas horas, pero el cansancio me obligó a pillar una habitación en el hotelito cutre al lado del aeropuerto. Olor a café quemado por todos lados, anuncios de vuelos retumbando de fondo: ‘Vuelo 456 a Ciudad de México, puerta 12’. El aire acondicionado zumbaba como un mosquito cabrón, escupiendo frío seco. Me tiré en el bar del lobby, vestidito ligero por el bochorno húmedo, piernas al aire, pidiendo un ron con cola. No buscaba nada, pero… el viaje me pone cachonda siempre. Anonimato total, nadie me conoce, parto pronto, cero compromisos.
Lo vi entrar. Moreno, alto, con pinta de local, tatuajes asomando por la camisa abierta. Ojos negros que me clavaron directo. Se sentó al lado, pidió una cerveza. ‘¿Española?’, me soltó con sonrisa ladeada. ‘Sí, escale eterna’, respondí, mordiéndome el labio sin querer. Charlamos tonterías: el calor agobiante, los ritmos latinos que se oían lejanos. Sus manos grandes rozaban la barra, cerca de las mías. Sentí el pulso acelerado. ‘¿Vienes sola?’, preguntó bajito. ‘Por ahora’, guiñé. El bar vacío, solo un par de borrachos en la esquina. Miradas que quemaban. ‘Mi habitación está arriba. Un rato, antes de que vuele tu avión’, murmuró. Dudé un segundo, pero la adrenalina me traicionó. ‘Venga, vamos’. Nos levantamos, risas nerviosas, su mano en mi cintura guiándome al ascensor.
El cruce de miradas en el bar del hotel
La habitación impersonal, sábanas blancas crujientes, olor a desinfectante mezclado con su colonia fuerte. Puerta cerrada, y ya. Me empujó contra la pared, boca hambrienta en mi cuello, manos subiendo mi vestido. ‘Joder, qué rica’, gruñó. Le arranqué la camisa, pectorales duros, piercings brillando en los pezones. Bajé los ojos: pantalón abultado. Le desabroché el cinturón, polla gruesa saltando libre. Piercings locos: un apadravya atravesando el glande, goteando precum, y una guiche entre huevos y culo. ‘Hostia, qué salvaje’, susurré tocándola, dura como hierro. Me arrodillé, lamí el piercing, sabor salado, venas palpitando. Chupé profundo, garganta apretada, él gimiendo ‘Cógela toda, puta’. Me levantó, tiró en la cama, piernas abiertas. Clim ronroneando, piel de gallina.
La follada intensa antes del amanecer
Separó mis labios, lengua en mi coño empapado. ‘Estás chorreando’, rio, dedos dentro, curvados en mi punto G. Gemí alto, ‘Fóllame ya’. Se puso condón –menos mal–, pero la urgencia nos comía. Me puso a cuatro, polla rompiendo mi entrada, piercings rozando paredes internas, placer eléctrico. ‘¡Más fuerte!’, grité. Me taladraba, huevos golpeando mi clítoris, sudor goteando. Cambiamos: yo encima, cabalgando salvaje, sus manos amasando tetas, pellizcando pezones. ‘Me corro’, jadeó. Yo también, orgasmo brutal, coño contrayéndose alrededor de su verga piercida. Eyaculó rugiendo, cuerpo temblando. Nos derrumbamos, jadeos, risas. ‘Tu vuelo…’, recordó. Hora marcada.
Amanecer asomando, luces del aeropuerto parpadeando por la ventana. Me vestí rápido, él dormía plácido. Beso en la mejilla, nota en la mesita: ‘Gracias por la noche loca. Milly’. Bajé al lobby, café rápido, olor familiar. Anuncio: ‘Vuelo a Madrid, embarque inmediato’. Subí al avión con coño dolorido, sonrisa pícara. Recuerdo ardiendo en mi equipaje de mano, listo para el próximo viaje. Adiós, desconocido. Hola, libertad.