Mi escarceo ardiente en el hotel del aeropuerto durante la escala

Estaba en el aeropuerto de Madrid, escala de cuatro horas antes de mi vuelo a Barcelona. Cansada del viaje, me senté en el bar, con el olor fuerte del café recién hecho llenándome la nariz. Las anuncios de vuelos retumbaban: ‘Última llamada para el vuelo a París’. Pedí un cortado, negro y amargo, y ahí lo vi. Alto, moreno, con ojos que escaneaban la sala como yo. Nuestras miradas se cruzaron, eh… un segundo eterno. Sonrió, yo bajé la vista, pero volví a mirarlo. Se acercó, cerveza en mano.

‘¿Esperando mucho?’, dijo con acento italiano, suave. ‘Sí, cuatro horas muertas’, respondí, riendo nerviosa. Charlamos. Se llamaba Luca, de Milán, volaba a Roma. Soltero, aventurero, como yo. Hablamos de viajes, de la libertad de no tener ataduras. La clim del aeropuerto me erizaba la piel. ‘¿Y si matamos el tiempo juntos?’, soltó de repente. Dudé, corazón acelerado. ‘Hay un hotel aquí al lado, quince minutos’. La idea me encendió. ‘Vale, ¿por qué no? Solo unas horas’. Agarramos las maletas de mano y salimos, el zumbido de los aviones de fondo.

El encuentro casual en la sala de espera

La habitación era impersonal, típica de aeropuerto: sábanas blancas crujientes, aire frío de la clim que me ponía los pezones duros al instante. Cerró la puerta y me besó, urgente, lengua dentro, manos en mi culo. ‘Joder, qué ganas’, murmuró. Le arranqué la camisa, piel caliente contra la mía. Caímos en la cama, oliendo a limpio y a sexo inminente. Me bajó los pantalones, vio mi tanga negra. ‘Qué coño tan rico’, gruñó, metiendo dedos. Estaba empapada ya. Le chupé la polla, dura como piedra, venosa, goteando precum. ‘Mmm, cabrón, qué grande’, gemí, tragándomela hasta la garganta, saliva chorreando.

El polvo urgente antes del vuelo

Me puso a cuatro patas, sin condón –no había tiempo para eso, puro riesgo–. Me la metió de un empujón, ‘¡Ahhh, sí, fóllame fuerte!’, grité. El cabecero golpeaba la pared, ritmado. Sudor, piel pegajosa, sus huevos chocando contra mi clítoris. ‘Tu coño aprieta como puta’, jadeaba él, clavándome los dedos en las caderas. Cambiamos: yo encima, cabalgándolo salvaje, tetas rebotando, pellizcándome los pezones. ‘Córrete dentro, Luca, lléname’, le supliqué, sintiendo el orgasmo subir. Él aceleró, ‘Me corro, joder…’. Calor explosivo en mi interior, yo temblando, chorros de placer mojando las sábanas. Nos corrimos juntos, gritando, el mundo borrado.

Después, jadeantes, cuerpos enredados bajo la clim helada. Miré el reloj: una hora para mi vuelo. ‘Ha sido brutal’, dije, besándolo suave. Se duchó rápido, yo me limpié el coño chorreante de su leche, sintiendo aún los espasmos. Bajamos, nos despedimos en la puerta del hotel con un beso largo, salado. ‘Sin nombres reales, sin números’, coincidimos riendo. Volví al aeropuerto, anuncio de mi vuelo: ‘Embarque para Barcelona’. Me senté en mi asiento, piernas temblando, su semen aún goteando en mi braguita. Sonrisa pícara, equipaje de mano con ese secreto ardiente. Mañana, solo un recuerdo caliente en mi piel.

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