Estaba en escala en Barajas, vuelo a Barcelona retrasado tres horas. Me senté en el bar, el olor a café recién hecho me golpeó, mezclado con ese aire rancio de aeropuerto. Anuncios de vuelos retumbando: ‘Última llamada para París…’. Yo, con mis vaqueros ajustados y una camiseta escotada, pidiendo un gin-tonic para matar el tiempo. Ahí lo vi. Alto, moreno, ojos penetrantes, tipo de unos 35, con pinta de viajante. Nuestras miradas se cruzaron. Sonreí, él se acercó.
—Hola, ¿esperando también? —dijo con acento rumano, voz grave.
El cruce de miradas en el bar del aeropuerto
—Sip, tres horas muertas. ¿Y tú?
—Vuelo a Bucarest al amanecer. Me llamo Lucian. ¿Quieres compañía?
Hablamos. Él constructor, yo azafata freelance. La química saltó rápido. Adrenalina del viaje, anonimato total. Sabía que me iría en unas horas, sin mañana. ‘¿Por qué no?’, pensé. Le propuse el hotel al lado del aeropuerto. Barato, impersonal.
—Vamos, no tenemos mucho tiempo —le dije, mordiéndome el labio.
Pagamos y salimos. El viento frío de la noche, luces de pistas parpadeando. Check-in rápido, habitación con clim rugiendo, sábanas blancas crujientes, olor a desinfectante.
El polvo intenso y la despedida ardiente
Cerró la puerta y me besó con hambre. Manos por todas partes. Le quité la camisa, pecho duro, tatuajes. Yo me arranqué la camiseta, sujetador al suelo. Sus dedos en mis tetas, pellizcando pezones. ‘Joder, qué duras’, murmuró. Le bajé los pantalones, polla enorme saltando, venosa, cabezota hinchada. ‘Mierda, qué pedazo’, dije riendo nerviosa.
Me arrodillé en la alfombra áspera. La agarré con las dos manos, branquándola lento. La chupé, lengua en el frenillo, saliva chorreando. Él gemía, mano en mi pelo: ‘Sí, chúpamela toda, puta’. Intenté meterla entera, pero me ahogaba, mejillas hinchadas. Me levantó, me tiró en la cama. Sábanas frías contra mi piel caliente. Me abrió las piernas, coño ya empapado, labios hinchados.
—Estás chorreando —dijo, lamiéndome el clítoris. Lengua dentro, sorbiendo mis jugos. Me corrí rápido, arqueándome, piernas temblando. ‘¡Hostia, sí!’. No esperó. Se puso un condón, me penetró de un empellón. Polla gruesa abriéndome en canal, dolor-placer brutal. ‘¡Fóllame fuerte!’, grité. Me taladraba, cama chirriando, clim zumbando. Cambiamos: yo encima, cabalgando, tetas botando. Él abajo, pellizcándome el culo, dedo en mi ano. ‘Córrete dentro’, le pedí, aunque con goma. Otro orgasmo me partió, coño contrayéndose en su verga.
Se giró, me puso a cuatro. Follada salvaje, cachetazos en el culo rojo. ‘Toma, zorra de aeropuerto’. Sudor goteando, olor a sexo denso. Se sacó el condón, me corrió en la espalda, chorros calientes resbalando hasta mis nalgas. Yo me toqué el clítoris, corrí otra vez, squirtando en las sábanas.
Nos derrumbamos, jadeando. Miré el reloj: dos horas voladas. ‘Mi vuelo…’, dije. Se duchó rápido, yo me limpié como pude, coño palpitando, piernas flojas. Beso final en la puerta, su mano en mi culo: ‘Vuelve a escalar aquí’.
De vuelta al aeropuerto, anuncios de vuelos, café frío en el estómago. Subí al avión con su semen seco en la piel, coño recordándome cada embestida. Souvenir perfecto, sin nombre, sin arrepentimientos. Mañana, vida normal. Hoy, reina del anonimato.