Estaba en el aeropuerto de Madrid, vuelo a Barcelona retrasado cuatro horas. La sala de embarque era un caos, anuncios de vuelos retumbando: ‘Atención, vuelo EA-567 a París, puerta 12’. Olía a café quemado del bar, ese aroma fuerte que te despierta. Me senté en la barra, falda corta, tops ajustado, piernas cruzadas. Sudor pegajoso por la humedad, pero el aire acondicionado del bar me erizaba la piel.
Lo vi de reojo. Alto, como 1,90, barriguita de oficinista, gafitas redondas escondiendo ojos azules. Parecía tímido, hojeando un libro de historia, solo. Nuestras miradas se cruzaron. Sonreí, él se sonrojó, bajó la vista. Pedí un café, él otro. ‘¿Retraso también?’, le dije. ‘Sí… eh, vuelo a Barcelona igual que tú’, balbuceó. Se llamaba Pablo, profesor de historia, en tránsito. Hablamos de batallas antiguas, invasiones, él explicaba con pasión, yo lo devoraba con los ojos. ‘Eres listo, me gusta’, le susurré. Se puso rojo pimiento.
El cruce de miradas en la sala de embarque
El retraso se estiraba. ‘Oye, hay un hotel al lado, habitaciones por horas. ¿Vienes? Solo unas horas de libertad, sin compromisos’, le propuse. Dudó, tragó saliva. ‘Yo… nunca… pero vale’. Adrenalina pura, el anonimato del viaje, sabiendo que en tres horas volábamos cada uno por su lado. Caminamos rápido, su mano rozando la mía, el bullicio del aeropuerto atrás.
La habitación era impersonal: sábanas blancas crujientes, aire acondicionado zumbando frío, olor a limpio y lejano a tabaco. Cerré la puerta, lo empujé contra ella. ‘Relájate, guapo’, le dije, besándolo. Sus labios temblaban, torpes al principio. Le quité las gafas, desabroché su camisa, palpando esa barriga suave. Él me manoseó las tetas, inseguro. ‘Joder, qué ricas’, murmuró.
Lo tiré en la cama, sábanas frías contra mi piel caliente. Le bajé los pantalones: polla gruesa ya dura, venosa, oliendo a hombre sudado del viaje. ‘Mmm, qué pollaón’, gemí, lamiendo el glande salado. Él jadeaba: ‘Eh… no sé si…’. La chupé hondo, garganta apretada, bolas en la mano, succionando fuerte. ‘¡Hostia, me corro!’, avisó. Tragué su leche espesa, caliente, restregando su polla en mi cara.
La urgencia del polvo en la habitación fría
Me puse a cuatro, falda subida. ‘Fóllame ya, Pablo, con prisa, que el vuelo no espera’. Él se colocó atrás, polla tiesa rozando mi coño mojado. Entró de golpe, rompiendo mi entrada, dolor-placer agudo. ‘¡Qué coño tan apretado!’, gruñó. Me taladraba brutal, pellizcando mis tetas colgantes, cachetazos en el culo. Sudor goteando, cama chirriando, el zumbido de la clim mezclándose con mis gemidos: ‘Más fuerte, joder, métemela hasta el fondo’. Cambiamos: yo encima, cabalgando su polla gorda, clítoris frotando, tetas botando. Él lamía mis pezones duros.
Le pedí: ‘Chúpame el culo’. Me giré, abrí nalgas. Su lengua tímida en mi ano, luego dedo dentro, mientras me masturbaba el coño. ‘¡Sí, lame mi culito sucio!’. Volví a montarlo, reverse cowgirl, polla hundiéndose en mi coño chorreante. Orgasmo brutal: coño contrayéndose, chorros mojando sus huevos. Él se corrió dentro, leche caliente llenándome, desbordando por mis muslos.
Agotados, jadeando. Miré el reloj: dos horas aún. Nos duchamos rápido, agua caliente lavando fluidos pegajosos. ‘Ha sido… increíble’, dijo él, tímido otra vez.
Amaneció pronto. Anuncios retumbando en mi cabeza. Lo besé fugaz: ‘Adiós, Pablo, buen vuelo’. Salí con mi maleta, coño palpitando, semen secándose en las bragas. Subí al avión, ese recuerdo ardiendo en mi equipaje de mano, sonrisa pícara. Sin mañana, pura adrenalina.