Estaba en escala en Barajas, Madrid. Vuelo retrasado tres horas. Me senté en el bar, con esa humedad pegajosa del café quemado flotando en el aire. Anuncios de vuelos por megafonía, voces robóticas… ‘Última llamada para París’. Yo iba a Sevilla, pero qué más da. Pedí un gin-tonic, hielo tintineando. Entonces lo vi. Alto, ojos oscuros, sonrisa torcida. Solo, con maleta a los pies. Nuestras miradas se cruzaron. Larga, intensa. Él levantó su copa, yo sonreí. Se acercó. ‘¿Esperando también?’. Voz grave, con acento francés. ‘Sí, eternamente’, dije, riendo bajito. Hablamos. Se llamaba Alex, en escala a Nueva York. Soltero, divorciado. Yo, Ana, libre como el viento. ‘Este anonimato de aeropuertos me pone’, confesé, mordiéndome el labio. Él: ‘Yo igual. ¿Y si matamos el tiempo juntos? Hay un hotel al lado’. Dudé un segundo. Adrenalina subiendo. ‘Venga, ¿por qué no? Mi vuelo sale en cuatro horas’. Pagamos, salimos. El aire frío de la noche, luces de pistas parpadeando.
El hotel era impersonal, moqueta sucia, ascensor zumbando. Habitación 312. Climatización helada, piel de gallina. Draps blancos crujientes, olor a desinfectante. Cerró la puerta. ‘Eres preciosa’, murmuró, acercándose. Lo besé primero, hambrienta. Lenguas enredadas, manos por todas partes. Le arranqué la camisa, pezones duros bajo mis dedos. Él bajó mi cremallera, sujetador volando. ‘Qué tetas tan perfectas’, gruñó, chupándolas fuerte. Gemí. ‘Fóllame ya, no tenemos tiempo’. Lo empujé a la cama. Le bajé los pantalones: polla dura, gorda, venosa. La tragué entera, saliva chorreando. ‘Joder, qué boca’, jadeó él, agarrándome el pelo. Me puse a cuatro patas, coño palpitando. ‘Métemela, rápido’. Entró de un golpe, hasta el fondo. ‘¡Sí, así!’. Embestidas brutales, cama golpeteando pared. Sudor, jadeos. ‘Tu coño está ardiendo, tan apretado’. Le arañé la espalda. ‘Más fuerte, cabrón’. Cambiamos: yo encima, cabalgándolo salvaje. Polla rozando clítoris, tetas botando. Él me pellizcaba los pezones. ‘Me voy a correr’, avisó. ‘Dentro no, en mi boca’. Me aparté, rodillas en el suelo. Chorros calientes en mi garganta, tragué todo. Él temblando. Yo me corrí frotándome, líquido resbalando muslos.
El cruce de miradas en el bar del aeropuerto
A las cinco, alarma. Luz gris del amanecer filtrándose. Anuncios lejanos retumbando. Nos vestimos rápido, besos torpes. ‘Ha sido increíble’, dijo, pasándome su número. ‘No lo uses, es un secreto’. Bajamos, lobby vacío. Él a su puerta de embarque, yo a la mía. Avión despegando, vibración en el asiento. Coño aún sensible, sabor a él en la boca. Sonrío. Mejor bagaje de mano: este recuerdo ardiente, sin mañana.