¡Dios mío! Acabo de aterrizar de mi vuelo y ya tengo que contarlo, porque me quema por dentro. Era una escala eterna en Barajas, Madrid. Mi vuelo a Barcelona retrasado cuatro horas. Me senté en el bar de la terminal, olor a café quemado por todos lados, anuncios de vuelos retumbando: ‘Pasajeros del vuelo IB-345 a París, última llamada’. Sudor frío de la clim, pero yo ardiendo de aburrimiento.
Lo vi ahí, alto, moreno, con esa camisa ajustada marcando pectorales. Turista, creo, ojos verdes que me clavaron. Pidió un whisky, yo un gin-tonic. Nuestras miradas se cruzaron, eh… sonrisa pícara. ‘¿Esperando también?’, me dijo con acento francés. ‘Sí, joder, hasta las seis de la mañana’, respondí, mordiéndome el labio. Charlamos, risas, roces accidentales de rodillas bajo la barra. Sentí la adrenalina: soy libre, se va en unas horas, sin compromisos. ‘Hay un hotel al lado, cinco minutos’, soltó él. Dudé un segundo… ‘Vámonos’. Corazón latiendo fuerte, maletas en mano.
El cruce de miradas en el bar del aeropuerto
La habitación era impersonal, típica de aeropuerto: sábanas blancas crujientes, clim zumbando frío, luces tenues. Ni nos besamos bien, directo al lío. Me arrancó la blusa, ‘¡Qué tetas tan ricas!’, gruñó mientras me chupaba los pezones duros. Yo le bajé los pantalones: ¡joder, qué polla! Gorda, venosa, ya tiesa apuntándome. ‘Mira qué grande, ¿la quieres?’, me provocó. ‘Sí, métemela ya’, jadeé, mojada perdida. Me tiró en la cama, piernas abiertas, lamida mi coño empapado. ‘Estás chorreando, puta cachonda’, murmuró con la lengua dentro, succionando mi clítoris. Gemí fuerte, ‘¡Oh sí, no pares!’.
La urgencia del polvo en la habitación
Me puse a cuatro patas, urgencia total: ‘Fóllame duro, que mi vuelo sale pronto’. Entró de golpe, ¡uf!, partiéndome el coño con esa verga enorme. ‘¡Qué apretada! ¿Te gusta?’, embistiendo como animal, cachetazos en el culo. ‘¡Sí, joder, más fuerte! ¡Qué gorda está tu polla!’, grité, oliendo su sudor mezclado con mi humedad. Cambiamos: yo encima, cabalgándolo salvaje, tetas rebotando. ‘¡Me voy a correr!’, avisó. ‘No, aún no, al culo ahora’. Dudó, ‘¿Segura?’. ‘¡Sí, métela en mi culo, cabrón!’. Lubriqué con saliva, empujó lento… ¡ahhh!, duele y mola. ‘¡Joder, qué estrecho tu ojete!’, aceleró, follándome el culo profundo. Yo me tocaba el clítoris, ‘¡Me corro, oh Dios, me corro con tu polla en el culo!’.
Él gruñó, ‘¡Toma, me vengo!’, sacándola y eyaculando chorros calientes en mi cara, boca abierta tragando lo que pude. Jadeantes, sudorosos, riendo. ‘Eres una guarra increíble’, dijo besándome. Minutos después, ducha rápida, olor a jabón barato. ‘Mi vuelo…’, susurré. Él sonrió, ‘Yo al mío. Sin nombres, sin mañana’. Bajamos, check-in relámpago. En la puerta de embarque, último beso robado. Anuncios retumbando otra vez. Despegamos, coño y culo palpitando aún, su semen seco en mi piel bajo la ropa. Mejor recuerdo de viaje, anónimo y brutal. ¿Repetiría? En un segundo.