Estaba en el aeropuerto de Madrid, escale de cuatro horas por un vuelo retrasado. Llovía a cántaros fuera, truenos lejanos. Olía a café quemado y a esos bocadillos recalentados. Me senté en el bar de la sala de embarque, con mi copa de vino tinto, pensando en matar el tiempo. Tenía 48 años, cuerpo atlético de tanto gym y yoga, pelo suelto, falda corta que dejaba ver mis piernas bronceadas. Abierta al sexo, al anonimato de los viajes. Esa adrenalina de follar y volar sin mirar atrás.
Lo vi entrar. Alto, unos 50, musculoso, barba de tres días, ojos que escanean como un lobo. Se sentó cerca, pidió una cerveza. Nuestras miradas se cruzaron. Primera vez, sonrisa tímida. Segunda, guiño. Tercera, ya charlábamos. ‘¿Vuelo a Barcelona también?’, dijo con acento andaluz. ‘Sí, pero con retraso eterno’, respondí, mordiéndome el labio. Hablamos de viajes, de lo jodido que es esperar. Él, separado, viajero empedernido. Yo, casada pero nómada sexual. El corazón me latía fuerte. Anuncios de vuelos en megafonía, ‘pasajeros a París…’, clima fría del aire acondicionado erizándome la piel.
El cruce de miradas en la sala de embarque
‘¿Y si matamos el tiempo en un hotel aquí al lado?’, soltó de repente, voz ronca. Dudé un segundo, ‘¿Estás loco? Ni nos conocemos’. Pero mi coño ya picaba. ‘Justo por eso, sin compromisos. Mi vuelo sale en tres horas’. Me levanté, pagué. Caminamos rápido bajo la lluvia al hotel del aeropuerto. Recepción impersonal, llave magnética. Subimos en ascensor, silencio cargado, su mano rozando mi culo. Puerta cierra, clic.
La habitación era un cubo blanco: cama king con sábanas crujientes, aire acondicionado zumbando, ventana con vistas a las pistas iluminadas. Aviones despegando en la tormenta. No perdimos tiempo. Me empujó contra la pared, beso salvaje, lenguas enredadas, sabor a cerveza y vino. ‘Joder, qué ganas’, gruñó. Le arranqué la camisa, pectorales duros, olor a colonia y sudor. Bajé la cremallera, saqué su polla: gruesa, venosa, ya tiesa como una barra de hierro. ‘Mira esta verga’, murmuré, arrodillándome. La chupé despacio al principio, lengua en el glande, saliva goteando. Él gemía, ‘Sí, cabrona, trágatela’. La metí hasta la garganta, arcadas suaves, bolas en mi mano. Me follaba la boca con urgencia, pelo agarrado.
El polvo urgente en la habitación con vistas al avión
Me levantó, tiró mi falda y tanga. Dedos en mi coño, empapado, hinchado. ‘Estás chorreando, puta viajera’. Dos dedos dentro, frotando el clítoris, yo jadeando, ‘Fóllame ya, no tenemos tiempo’. Me tiró en la cama, sábanas frescas contra mi espalda desnuda. Piernas abiertas, él encima, polla rozando mi entrada. Empujó de golpe, ‘¡Ahhh!’, grité. Me llenaba entera, coño apretado alrededor de su tronco. Vaivenes brutales, piel contra piel, sudor mezclándose. ‘Más fuerte, joder’, pedí. Cambiamos: yo encima, cabalgando, tetas rebotando, pezones duros como piedras. Él pellizcándolos, ‘Tu coño es una gloria’. Orgasmos rápidos: el mío primero, temblores, chorros calientes. Él no paró, me dio la vuelta, a cuatro patas. Polla en mi culo? No, en coño otra vez, cachetadas en nalgas. ‘Me voy a correr’, avisó. ‘Dentro, lléname’. Se vació en espasmos, semen caliente inundándome, yo corriéndome de nuevo, gritos ahogados por el trueno.
Quedamos jadeantes, cuerpos pegados, minutos robados. Reloj: una hora para mi vuelo. Ducha rápida, agua tibia lavando fluidos. Ni una palabra de más. Vestidos, beso fugaz. ‘Buen viaje’, dijo con guiño. Bajamos, aeropuerto bullicioso. Me fui a embarque con su semen aún goteando en las bragas. Vuelo despegó en tormenta, yo sonriendo, ese polvo anónimo en mi equipaje de mano. Mañana, vida normal. Pero esto… quema forever.