Ay, chicas, acabo de bajar del avión y aún me tiembla el coño recordándolo. Estaba en escala en Barajas, vuelo retrasado hasta las 6 de la mañana. La sala de embarque era un horno de gente cansada, olor a café quemado del Starbucks flotando, anuncios de vuelos retumbando cada dos minutos. Yo, con mis vaqueros ajustados y camiseta sin sujetador, porque viajo ligera, siempre abierta a lo que surja.
Me pilló mirándolo. Un tío alto, moreno, brazos como troncos, camisa sudada pegada al pecho. Estaba solo, con una birra en la mano, ojos que me desnudaban. Nuestras miradas se cruzaron, sonrisa pícara, y se acercó. ‘¿Esperando el mismo vuelo?’, dijo con acento andaluz grueso. Charlamos, risas, roces casuales. ‘Mi hotel está a cinco minutos, ¿un rato para matar el tiempo?’, soltó directo. Sentí el subidón, anonimato total, en unas horas me piraba. ‘Venga, sí’, le dije, coño ya húmedo.
El cruce de miradas en la sala de embarque
Cogimos un taxi rapidísimo, el aire acondicionado del hotel helado contrastando con el calor de su mano en mi muslo. Entramos en la habitación, drapos blancos impolutos, luz tenue, rumor lejano de aviones despegando. Me empujó contra la puerta, beso salvaje, lengua invadiendo, manos arrancándome la camiseta. Sus pechos duros contra mis tetas, olor a sudor masculino mezclado con colonia barata. ‘Quítate todo’, gruñó. Me bajé los vaqueros, sin bragas, coño depilado al aire. Él se desnudó, polla enorme saltando, venosa, cabeza gorda reluciente.
Me tiró en la cama, piernas abiertas, lengua directa en mi clítoris. ‘Joder, qué rico sabes’, murmuró lamiendo mi flujo. Gemí fuerte, anunciando vuelos de fondo como banda sonora. Chupaba voraz, dedos metiéndose en mi coño chorreante, dos, tres, estirándome. Yo agarré su polla, dura como hierro, masturbándola, pre-semen untándose en mi mano. ‘Fóllame ya, no tenemos tiempo’, le rogué, adrenalina a tope sabiendo que mi vuelo era pronto.
El polvo urgente en la habitación con urgencia de vuelo
Se puso encima, polla rozando mi entrada, frotando el clítoris hasta que supliqué. Empujó de golpe, partiéndome el coño, llena hasta el fondo. ‘¡Ay, coño, qué grande!’, grité. Pillas como un animal, tetas rebotando, mordiendo mis pezones. Sudor goteando, piel pegajosa, clim zumbando. Cambiamos, yo encima cabalgando, coño tragándosela entera, nalgas chocando. ‘Me vas a hacer correrte’, jadeó. Le chupé las pelotas, lengua en el culo mientras me follaba la boca, arcadas deliciosas.
‘Quiero tu culo’, dijo, untando saliva. Dudé un segundo, ‘Suave, eh’, pero el morbo ganó. A cuatro patas, lengua primero en mi ano, abriéndome, luego polla presionando. Dolor agudo al entrar el glande, pero luego placer puro, estirada al límite. Me empaló despacio, luego a saco, mano en mi clítoris frotando. ‘¡Córrete dentro, joder!’, chillé. Él aceleró, gruñendo, llenándome el culo de leche caliente mientras yo explotaba, chorros mojando los drapos.
Despertamos sudados, reloj marcando 4:30. Beso rápido, ‘Ha sido brutal’, dijo vistiéndose. Yo corrí al baño, coño y culo palpitando, semen escurriendo piernas. ‘Sin nombres, sin promesas’, sonreí. Bajamos, taxi de vuelta al aeropuerto. Anuncios de mi vuelo, olor a café otra vez. Lo vi marchar a su puerta, yo embarqué con el recuerdo ardiendo en mi equipaje de mano, coño recordándome cada paso esa polla anónima. Increíble, chicas, el viaje es para esto.