Estaba en la sala de embarque del aeropuerto de Madrid, con mi vuelo retrasado tres horas. Olor a café quemado por todos lados, anuncios de vuelos retumbando… ‘El vuelo EA-456 a París se retrasa’. Me senté en el bar, sudada por el calor, pidiendo un gin-tonic para matar el tiempo. Llevaba falda corta, blusa escotada, lista para mi viaje de chicas en París. Soy abierta, me flipa el anonimato de los aeropuertos, esa adrenalina de ‘mañana me piro y no hay consecuencias’.
Lo vi entrar. Alto, como un metro noventa, negro, unos cincuenta y pico, barriguita pero puro macho. Camiseta ajustada marcando músculos, pantalón de chándal. Camerunés, por el acento cuando pidió su cerveza. Nuestras miradas se cruzaron. Él sonrió, yo le devolví la sonrisa, mordiéndome el labio. Se acercó. ‘¿Esperando el mismo vuelo?’, dijo con voz grave. ‘No, el mío a París. ¿Y tú?’. ‘A Dakar, pero retraso eterno. Soy Victor’. Eh… me puse nerviosa, pero caliente. ‘Houria. ¿Quieres compañía?’. Él rio. ‘Si me dejas invitarte a un hotel cerca, tengo horas libres’. Dios, el pulso me subió. ‘Vale, pero solo unas horas. Mi vuelo sale al alba’.
El cruce de miradas en la sala de embarque
Cogimos un taxi al hotel cutre al lado del aeropuerto. Recepción oliendo a desinfectante, llave de habitación 207. Climatización helada, piel de gallina. Draps blancos impersonales, cama king size. Cerró la puerta y me besó contra la pared. Boca grande, lengua invasora, manos en mi culo apretando fuerte. ‘Joder, qué culazo’, murmuró. Le arranqué la camiseta: torso duro, vello negro. Bajé la mano, palpé su polla enorme bajo el pantalón. ‘Mira esto…’. Se la sacó: gruesa, venosa, cabezota morada palpitando. ‘Chúpamela, puta’. Me arrodillé, olor a macho sudado. La lamí desde la base, saliva chorreando, tragué hasta la garganta. Él gemía: ‘Sí, así, cabrona’.
Me tiró en la cama, rasgó mi falda. ‘Sin bragas, zorra preparada’. Dedos en mi coño, ya empapado. ‘Estás chorreando’. Dos dedos dentro, frotando clítoris. Gemí alto: ‘Fóllame ya, Victor’. Se puso condón –menos mal–, me abrió las piernas. Polla empujando mi entrada, estirándome. ‘¡Joder, qué prieta!’. Entró de golpe, medio metro de verga negra partiendo mi coño. Dolor-placer brutal. Me follaba como un animal, embestidas profundas, huevos golpeando mi culo. Sudor goteando, cama crujiendo. ‘¡Más fuerte! ¡Rompe mi coño!’, gritaba yo. Me dio la vuelta, a lo perrito. Manos en mi cintura, polla clavándose hasta el fondo. Alcancé el orgasmo primero, coño contrayéndose, chorros mojando sus bolas. Él aceleró: ‘Me corro, puta’. Rugió, llenando el condón.
La urgencia en la habitación: polla dura y coño empapado
Caímos jadeando. Olor a sexo, semen y sudor. Me limpió con la lengua, chupando mi coño hinchado. Segunda ronda: yo encima, cabalgando esa polla monstruosa. Tetas rebotando, él pellizcando pezones. ‘Córrete en mi cara’, pedí. Se sacó, leche caliente salpicándome boca y ojos. Tragué lo que pude, resto chorreando.
A las cinco, alarma. Anuncios de vuelos en el pasillo lejano. ‘Ha sido brutal’, dijo él, besándome. ‘Sin nombres reales, sin números’. Me vestí rápido, coño dolorido palpitando. Bajamos, taxi de vuelta. En la sala, último beso robado. ‘Buen viaje, caliente’. Subí al avión, asiento pegajoso de jugos secos. Recuerdo ardiente en mi bagage a mano: esa polla negra follándome sin piedad. París me espera, pero esto… inolvidable.