La mujer que valía once vacas: mi follada épica en escala

Estaba en escala en Barajas, joder, qué puto retraso tenía mi vuelo a Barcelona. Me senté en la barra del bar, ese olor a café quemado mezclado con desinfectante de aeropuerto, y las voces mecánicas anunciando vuelos por los altavoces. ‘Vuelo IB-345 a las 23:45, puerta 12’. Yo con mi copa de vino tinto, aburrida, mirando el móvil. Entonces lo vi. Un tío alto, moreno, con una guitarra colgada al hombro, pinta de vagabundo moderno. Nuestras miradas se cruzaron. Él sonrió, yo le devolví la sonrisa. Se acercó.

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—Hola, ¿esperando también? —dijo con acento, no sé, latino, suave. Se sentó a mi lado. Pidió una cerveza. Hablamos. Se llamaba Sahid, o algo así, viajero, contaba historias por ahí. Me soltó una: ‘¿Sabes la de la mujer que valía once vacas?’. Yo reí. ‘Venga ya, cuéntamela’. Y empezó, con voz grave, exagerando, sobre un mercado, un granjero que pagó once vacas por su mujer porque la valoraba tanto que se volvió la más bella. Detalles locos, olivos, té especiado. Yo flipando, riendo, tocándole el brazo. El roce eléctrico. ‘Eres preciosa’, me dijo de repente. ‘Tú también molas, pero yo me voy en unas horas’. Él: ‘Justo por eso, ¿no? Nada de mañana’. El corazón me latió fuerte. Adrenalina pura. ‘Hay un hotel al lado, cinco minutos’. Asentí. Pagamos y salimos, el aire frío de la noche, luces de aviones despegando.

El encuentro en el bar del aeropuerto

La habitación era impersonal, típica de aeropuerto: cama grande con sábanas blancas crujientes, aire acondicionado zumbando frío, olor a limpio artificial. Cerró la puerta y me besó. Fuerte, lengua dentro, manos en mi culo apretando. ‘Joder, qué ganas’, murmuró. Yo jadeando ya, quitándole la camisa. Piel morena, músculos duros de quien camina mucho. Le bajé los pantalones, su polla saltó dura, gruesa, venosa. ‘Mira esto’, le dije, arrodillándome. La chupé, saliva goteando, bolas en la mano. Él gimiendo: ‘Sí, cabrona, trágatela’. Me levantó, tiró de mi falda, bragas a un lado. Dedos en mi coño, ya empapado. ‘Estás chorreando’. Me tumbó en la cama, sábanas frías contra mi espalda caliente. Me abrió las piernas, lengua en el clítoris, lamiendo fuerte, dos dedos dentro follándome. ‘¡Ahhh! No pares’, grité. El zumbido de la clim, lejano anuncio de vuelos filtrándose por la ventana.

La despedida con el coño ardiendo

No aguanté más. ‘Fóllame ya’. Se puso condón, me penetró de un empujón. Polla llenándome entera, golpeando profundo. Yo arañándole la espalda, piernas enredadas. ‘Más fuerte, joder’. Él embistiendo como animal, cama chirriando, sudor goteando. Cambiamos: yo encima, cabalgando, tetas botando, coño apretándolo. ‘¡Qué coño tan rico!’, gruñó. Le mordí el cuello. Luego a cuatro patas, él detrás, nalgadas, tirando pelo. ‘Me corro’, dijo. ‘Dentro no, pero sí’. Eyaculó gimiendo, yo me corrí segundos después, temblores, coño palpitando. Colapsamos, respirando agitados, su polla aún medio dura dentro.

Despertamos con el despertador. ‘Son las cinco, mi vuelo a las seis’. Beso rápido, salivas. ‘Gracias por hacerme sentir como once vacas’, bromeé. Él rió: ‘Tú vales más, guapa’. Me vestí deprisa, coño dolorido, piernas flojas. Bajamos, taxi al aeropuerto. Anuncios de vuelos otra vez, olor a café. Nos dimos un último beso en la puerta de embarque. ‘Suerte en tus viajes’. Subí al avión, asiento junto a la ventana, el recuerdo quemándome entre las piernas. Ningún mañana, solo ese polvo brutal en mi equipaje de mano.

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