Mi noche salvaje con un ucraniano en escala de aeropuerto

Estaba en escala en Madrid-Barajas, con unas horas muertas antes del vuelo a Barcelona. El olor a café quemado del bar me tenía ya harta, y esas voces mecánicas anunciando vuelos… ‘Próxima salida a Kiev, puerta 17’. Me pedí un gin-tonic, para matar el tiempo. Ahí lo vi. Alto, rubio, ojos azules como el cielo ucraniano que tanto echo de menos, pensé. Llevaba una mochila raída, cara de cansancio pero con esa mirada… hambrienta. Se sentó al lado, pidió una cerveza. Nuestras rodillas se rozaron. ‘¿De dónde vienes?’, le pregunté, sonriendo. ‘De Ucrania, huyendo un poco de la mierda allá’, dijo con acento grueso, voz ronca. Hablamos. Él, Volodymyr, 28 años, escapando de la guerra, rumbo a no sé dónde. Yo, española nómada, adorando estos momentos anónimos. El corazón me latía fuerte. ‘Tengo habitación en el hotel de al lado, unas horas libres. ¿Vienes?’, le solté directa. Dudó un segundo, miró mi escote. ‘Sí, joder, por qué no’. Pagamos y salimos, el aire fresco de la noche golpeándonos, con el zumbido de aviones despegando.

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La habitación era impersonal, típica de tránsito: sábanas blancas crujientes, aire acondicionado zumbando frío, olor a limpio y lejano a tabaco. Cerré la puerta y ya nos besábamos como locos. Sus manos grandes me apretaron el culo, yo le metí la lengua hasta la garganta. ‘Eres preciosa’, murmuró, quitándome la blusa. Le bajé los pantalones y ¡joder! Esa polla dura, gruesa, venosa, saltó libre. La agarré, la apreté, sentía su calor palpitando. ‘Chúpamela’, gruñó. Me arrodillé en la alfombra áspera, el frío del suelo subiendo por mis rodillas. La metí en la boca, profunda, saliva chorreando, él gimiendo ‘da, así, puta buena’. Le lamí los huevos, pesados, sudados del viaje. Me levantó, me tiró en la cama. Rasgó mi tanga, ‘Mira este coño mojado’, dijo, metiendo dos dedos dentro, chapoteando. Gemí alto, arqueándome. ‘Fóllame ya’, le rogué. Se puso encima, polla rozando mi clítoris hinchado. Entró de un empujón brutal, llenándome entera. ‘¡Hostia, qué apretada!’, jadeó. Embestía fuerte, rápido, la cama chirriando, piel contra piel sudorosa. Yo clavaba uñas en su espalda, ‘Más duro, cabrón, rómpeme’. Cambiamos: yo encima, cabalgando esa verga como loca, tetas botando, él pellizcándome los pezones. Sudor goteando, olor a sexo crudo mezclándose con la clim. Me dio la vuelta, a cuatro patas, me azotó el culo rojo. ‘Voy a correrme’, avisó. ‘Dentro, lléname’, grité. Eyaculó profundo, chorros calientes inundándome, yo temblando en orgasmo, coño contrayéndose.

El cruce de miradas en el bar del aeropuerto

Nos quedamos jadeando, cuerpos pegajosos. Miré el reloj: mi vuelo en dos horas. ‘Debo irme’, susurré, besándole. Se duchó rápido, yo me vestí con piernas flojas. En la puerta, un beso largo, salado. ‘Gracias por esta locura’, dijo sonriendo. Bajamos al aeropuerto, el bullicio volviendo. Lo vi irse a su puerta, yo a la mía. Sentada en el avión, con el coño aún palpitando y su semen secándose en mis muslos, sonreí. Ningún mañana, solo este fuego en mi equipaje de mano. Qué vicio estos viajes.

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