Estaba en la sala de embarque, vuelo retrasado tres horas. El olor a café quemado del bar me mareaba un poco. Anuncios de vuelos en loop, ese pitido eterno. Me pedí un gin-tonic para matar el tiempo. Ahí lo vi. Alto, mirada fija, sentado al fondo. Nuestros ojos se cruzaron. Sonrisa pícara. Me acerqué, ¿por qué no? Soy de esas que adoran el anonimato de los viajes. ‘¿Volando solo?’, le dije. ‘Sí, pero ahora contigo’, contestó con voz grave. Media hora después, decidimos pillar una habitación en el hotel del aeropuerto. Solo unas horas libres, pura adrenalina.
Entramos en la habitación 207. Climatización a tope, aire frío erizando la piel. Draps blancos impolutos, olor a limpio industrial. Cerró la puerta y me miró como si ya me poseyera. ‘Quítate todo’, ordenó. Dudé un segundo, pero el subidón me pudo. Me desnudé despacio, sintiendo sus ojos devorándome. Él sacó una correa del maletín, como de perro, pero sexy. Me la puso al cuello. ‘A cuatro patas, perra’. Me puse, rodillas en la alfombra áspera, el mármol frío del baño cerca. Trajo un plato con algo pastoso, picante, y otro con agua. ‘Come’. Lamí, olor especiado invadiendo mi nariz. Sabía fuerte, me quemaba la lengua. Bebí del otro, salpicando. Él reía bajito. ‘Buena chica’. Mi vejiga se llenó rápido, bailé inquieta. No aguanté, meé ahí mismo, chorro caliente entre mis muslos. Él metió la mano, palpó el calor, me untó con mi propio pis. ‘Así, sucia’. Reí nerviosa, excitada como nunca.
El Mirada que lo Cambió Todo
Me untó aceite por todo el cuerpo, resbaladizo, manos firmes amasándome como a una yegua. Su polla ya dura, gorda, balanceándose. ‘Frótame con tu cuerpo’. Me pegué a él, piel contra piel, deslizándome por su pecho, piernas. Le envolví la verga entre los tetas, luego con la cara, oliendo su sudor mezclado con el aceite. Se puso boca abajo, me subí encima, frotando mi coño mojado por su espalda, culo. Gemí bajito, restos de pis salpicando. ‘En tu coño’, gruñó. Me empalé despacio, su polla abriéndome entera. ‘Fóllame tú’. Cabalgué fuerte, chupando con el coño, contrayendo músculos. Él tiraba de la correa, control total. Lamí su pecho, axilas, todo. Perdí la cuenta de los orgasmos, temblando encima.
Follada Salvaje Bajo la Climatización
Me dio la vuelta, a cuatro patas de nuevo. Me metió por el culo sin aviso, tres embestidas profundas. Grité, ardor delicioso. ‘¡Salope, toma mi polla!’. Me taladraba sin piedad, pellizcando tetas, insultos sucios: ‘Tu culo es mío, puta de aeropuerto’. ‘En mi boca, por favor’, supliqué. Me sacó, me arrodillé. Lamí desde huevos hasta glande, tragué entera, garganta apretada. Él agarró mi cabeza, follándome la boca. ‘¡Traga todo!’. Explotó, leche espesa llenándome, goteando barbilla. La bebí, besé su polla menguante.
Nos movimos al balcón, luces de aviones despegando. Me folló de pie, contra la barandilla, luego me hizo pajearme mientras él miraba. Corrí fuerte, gritando su nombre falso. Horas después, ducha rápida, olor a sexo pegado a la piel. ‘Vuelo en 30’, dije. Me besó duro. ‘Sin nombres, sin mañana’. Bajé al aeropuerto, piernas flojas, coño palpitando. Anuncio de mi vuelo: ‘Embarcando’. Me senté en el avión, sonrisa secreta. Ese recuerdo quema en mi equipaje de mano.