Estaba en el aeropuerto de Madrid, escale de tres horas antes de mi vuelo a Barcelona. El olor a café recién hecho me envolvía, mezclado con el zumbido constante de las anuncios de vuelos. ‘Vuelo IB-345 a Barcelona, puerta 12’. Me senté en la barra del bar, con una cerveza fría en la mano, las piernas cruzadas, sintiendo el aire acondicionado helado en la piel. Llevaba una falda ligera, sin bragas, porque el viaje me pone cachonda, ese anonimato total.
Entonces lo vi. Un chico joven, unos veintidós, moreno, con ojos traviesos y una camiseta ajustada que marcaba su pecho. Estaba solo, mirando su móvil. Nuestras miradas se cruzaron. Sonreí, él dudó un segundo… y se acercó. ‘¿Escale eterna, eh?’, dijo con acento andaluz. ‘Sí, jodida espera’, respondí, mordiéndome el labio. Charlamos. Se llamaba Pablo, volvía de un curro en París, vuelo en dos horas. La química saltó rápido. ‘Oye, hay un hotel al lado, cinco minutos. ¿Quieres matar el tiempo?’, soltó él, rojo como un tomate. El corazón me latió fuerte. ‘Venga, ¿por qué no? Pero solo unas horas, nada de promesas’. Agarré mi bolsa, salimos corriendo, riendo nerviosos.
El flechazo en el bar del aeropuerto
La habitación era impersonal: cama grande con sábanas blancas crujientes, aire frío que erizaba la piel, luces tenues. Cerramos la puerta y nos besamos como lobos. Manos por todas partes. ‘Quítate todo’, le dije, quitándome yo la falda. Mi coño peludo lo miró fijamente. ‘Joder, qué montoncito’, murmuró él, excitado. Recordé una fantasía vieja. ‘¿Me lo afeitas? Tengo cizalla y espuma en la bolsa, por si acaso’. Se rio. ‘¿En serio? Vale, loca’. Nos metimos en el baño, azulejos fríos, espejo empañado.
Me senté en el borde de la bañera, piernas abiertas. Él desnudo ya, polla tiesa apuntándome. Con tijeras, recortó mi mata despacio. Cada roce de las hojas frías me hacía temblar. ‘Relájate, guapa’, susurró, acariciándome el monte con la palma. ‘Quítate tú también del todo’, le pedí. Me enjabonó con la espuma, dedos resbalando en mis labios. ‘Más adentro’, gemí, apretando su mano. Sus dedos entraron un poco, jugosos. Levantó mis piernas, untó mi ano. ‘No te muevas o te corto’, bromeó. La cuchilla glisó suave por mis muslos, luego labios. Cerré los ojos. ‘¿Duele?’, preguntó. ‘No… es raro, me pone’. Me afeitó todo, dedos abriendo pliegues, rozando clítoris. Mi coño quedó liso, desnudo.
El sexo salvaje en la habitación fría
Me enjuagué, tocándolo: suave, sensible. ‘¡Hummm, qué gustazo!’. Le pasé crema calmante. ‘Unta bien, o arde’. Me puse a cuatro patas en la bañera. ‘Haz mi culito también’. Sus dedos lubricados entraron fácil, follándome el ano lento. Gemí fuerte, corrí rápido, temblando. Para agradecérselo, lo besé fiero, mano en su polla dura. ‘Ahora yo’. Nos tiramos al suelo frío, 69. Chupé su polla gorda, bolas en la boca, él lamió mi coño lampiño voraz. ‘¡Joder, qué sabroso!’, gruñó. Lengua en mi clítoris, dedos en coño y culo. Nuestros gemidos llenaban la habitación, succiones húmedas. Vimos juntos, muslos apretando cabezas, yo bebiendo su leche espesa, él lamiendo mis jugos.
Ducha rápida, agua helada despertándonos. ‘Sin bragas me voy, recuerdo tuyo’, le dije, poniéndome la falda. Eran las últimas horas. ‘Ha sido brutal’, murmuró, besándome. Bajamos, él a su puerta, yo a la mía. ‘Suerte en el vuelo’, gritó mientras corría. Anuncio: ‘Barcelona, embarque’. Me fui con el coño sensible rozando la falda, olor a sexo en la piel, ese fuego en mi equipaje de mano. Ningún mañana, pura adrenalina.