Estaba en el aeropuerto de Madrid, escale de cinco horas hasta mi vuelo a Barcelona. El olor a café quemado del bar me tenía mareada, y las anuncios de vuelos retumbaban cada dos por tres. ‘Vuelo AZ123 a Roma, puerta 15’… Me senté en la barra, con mi falda corta y blusa escotada, lista para matar el tiempo. Ahí lo vi. Un tío de unos 40, traje arrugado, mirada nerviosa. Nuestros ojos se cruzaron. Sonreí. Él se acercó, titubeando. ‘¿Escale larga también?’, dijo. ‘Sí, joder, cinco horas. ¿Quieres compañía?’, respondí directa. Hablamos de viajes, de la mierda de esperas. Sentí la química, esa adrenalina de no saber nada del otro, solo que en unas horas cada uno tiraba palante. ‘Hay un hotel aquí al lado, barato para escalas’, solté. ‘¿En serio? Yo… vale’, balbuceó. Pagamos la primera copa y salimos, el aire fresco de la noche golpeándonos.
La habitación era impersonal: climatisación fría que erizaba la piel, sábanas blancas crujientes, olor a desinfectante. Cerré la puerta y lo empujé contra la pared. ‘Quítate la camisa’, ordené. Se sorprendió, pero obedeció. Le bajé los pantalones, vi su polla medio dura. ‘Eres curioso, ¿eh? Me gusta mandar’. Reí bajito. Le hice bailar despacio, solo en calzoncillos. ‘Ponte esto’, saqué un tanga de mi bolso –uno mío, negro, que siempre llevo por si acaso. Se sonrojó. ‘Venga, salope, póntelo. Quiero verte’. Dudó, pero se lo calzó. Joder, qué duro se ponía. La polla asomando por el lado. ‘Baila para mí, muévete’. La tele sonaba bajito con anuncios de vuelos lejanos. Me quité la falda, solo tanga y sujetador. Me senté en la cama, abrí las piernas. ‘Mírame, tócate’. Él se acariciaba la polla sobre el tanga, gimiendo. ‘Quítatelo todo menos eso. Muéstrame el culo’. Se dio la vuelta, separó nalgas. Su ano rosado, depilado. ‘Joder, qué puta eres’. Me acerqué, le escupí en el culo, metí un dedo. Se arqueó. ‘Más, por favor…’
El cruce de miradas en la sala de espera
No había tiempo, el vuelo en tres horas. ‘A cuatro patas, ahora’. Obedeció en la cama, sábanas frías contra su piel. Saqué lubricante del neceser. ‘Voy a follarte el culo, sumiso’. Mojé mi dedo, luego dos. Él jadeaba, ‘Sí, fóllame…’. Agarré un consolador pequeño que llevo siempre –mi secreto de viajes. Se lo clavé despacio, él empujaba contra mí. ‘¡Qué apretado tu culito! Gime para mí’. La habitación olía a sexo ya, sudor y lubricante. Le di la vuelta, le chupé la polla dura como piedra. ‘Mámamela tú ahora’. Se arrodilló, torpe al principio, lamiendo mi coño empapado. ‘Lame bien, hasta el culo’. Metió la lengua, yo gemía fuerte. ‘Fóllame con la lengua, cabrón’. Luego lo monté, mi coño tragándose su polla. Cabalgaba fuerte, tetas rebotando. ‘¡No corras aún, aguanta!’. Él suplicaba, ‘Por favor, déjame…’. Le até las manos con mi bufanda al cabecero. Le mordí los pezones. ‘Ahora sí, córrete dentro’. Eyaculó a chorros, caliente, llenándome. Yo me corrí gritando, olas de placer. Le saqué el consolador, le hice limpiar mi coño con la lengua, su leche mezclada con mis jugos. ‘Trágatelo todo, puta’.
A las cuatro de la mañana, ducha rápida. Agua caliente, jabón neutro. Nos vestimos en silencio, solo miradas cómplices. ‘Ha sido… increíble’, murmuró. ‘Sin nombres, sin mañana. Disfruta el recuerdo’. Bajamos al aeropuerto, olor a café otra vez, anuncios: ‘Vuelo a Barcelona, embarque en 10’. Nos dimos un beso rápido, húmedo. Él a su puerta, yo a la mía. Sentada en el avión, con el coño aún palpitando, sonreí. Ese calor en mi maleta de mano, para siempre.