Escala ardiente en hotel de aeropuerto: mi polvo anónimo con una desconocida arrogante

Estaba en ese hotel cutre al lado del aeropuerto de Barajas, con mi vuelo retrasado hasta la mañana. Oía las voces metálicas de las anulaciones por los altavoces, mezcladas con el olor fuerte a café quemado del bar. Me pedí un gin-tonic para matar el tiempo, sentada en un taburete alto, con el aire acondicionado helado erizándome la piel bajo la blusa.

💸Conviértete en modelo webcamMás del 50 % de los ingresos · Pagos diarios · 60 M de visitas/díaSaber más →

Y entonces la vi. Alta para ser latina, con tacones verde agua que la ponían por encima del metro sesenta, un moño prieto y gafas finas de secretaria estirada. Estaba al otro lado de la barra, hablando por teléfono con esa voz seca, mandona, como si el mundo le debiera algo. Nuestros ojos se cruzaron. Ella sonrió de lado, arrogante, y colgó. Se acercó, pidiendo un vino tinto con un gesto imperioso al camarero.

El cruce de miradas en el bar del hotel

—¿Escala larga? —me dijo, mirándome de arriba abajo, como evaluando mercancía.

—Hasta las ocho, sí. Tú también pareces… estresada —respondí, con una sonrisa que ya picaba.

Hablamos tonterías: vuelos perdidos, jet lag, lo jodido que es viajar sola. Pero el aire se cargaba, sus piernas rozaban las mías bajo la barra. Olía a perfume caro, a piel caliente. “¿Subimos? Mi habitación está arriba, tengo unas horas libres antes de mi conexión”, soltó de repente, con esa seguridad que me pone cachonda. No lo pensé. Pagamos y subimos en el ascensor, su mano ya en mi cintura.

La puerta de la habitación se cerró con un clic. La clim congelaba el sudor de mi nuca, los drapes blancos impolutos crujían bajo nosotros. La empujé contra la pared, sin preámbulos. “Joder, qué arrogante eres”, le susurré, tirando de su moño para echarle la cabeza atrás. Ella rio, baja, y me clavó las uñas en los brazos. “Muéstrame lo que quieres, puta”, me retó.

El polvo urgente y sin frenos en la habitación

Le arranqué la blusa, exponiendo unos tetas firmes, pezones duros como piedras. Bajé la cremallera de su falda, y ahí estaba su coño depilado, ya húmedo, brillando bajo la luz amarilla. La tiré en la cama, los muelles chirriaron. Le abrí las piernas, oliendo su excitación salada. Metí la lengua directo, lamiendo su clítoris hinchado, chupando como una perra en celo. “¡Sí, así, lame mi coño!”, gemía ella, agarrándome el pelo, marcándome el ritmo.

No aguanté. Me quité los pantalones, mi chochito palpitando. Me subí encima, frotándonos clítoris contra clítoris, resbalosas, sudando pese al frío. Sus tacones me arañaban la espalda. La puse a cuatro patas, le escupí en el culo y metí dos dedos, bombeando fuerte. “¡Fóllame más duro!”, gritaba, meneando el culo. Agarré la regla del escritorio —cliché, pero joder qué bien sonaba al azotarle las nalgas, poniéndolas rojas, calientes.

La volteé, le metí la cara entre las piernas otra vez, comiéndosela hasta que tembló, corriéndose en mi boca con un chorro ácido. Yo exploté después, frotándome contra su muslo, gritando su nombre falso —Ana, me dijo—. Nos corrimos tres veces, urgentes, oliendo a sexo y café del pasillo. El reloj marcaba las tres, su vuelo a las seis.

A las cinco, sonó el despertador. Se duchó rápido, yo la miré desde la cama, con las sábanas arrugadas y manchadas. “Ha sido… intenso”, murmuró, besándome la boca con sabor a nosotras. Se vistió, moño perfecto de nuevo, gafas ladeadas. “Sin números, ¿eh? Solo esto”. Bajó al lobby, yo oí su taconeo alejarse.

Recogí mi maleta, el coño aún palpitante, el recuerdo quemándome en el bolsillo. En el avión, con el despegue rugiendo, sonreí. Otro polvo anónimo, pura adrenalina de viaje. Mañana, en Madrid, nadie sabrá.

Leave a Comment

Your email address will not be published. Required fields are marked *

Scroll to Top