Estaba en esa escale eterna en Barajas, Madrid. Mi vuelo a Barcelona salía al amanecer. El hotel al lado del aeropuerto, impersonal, con ese olor a café quemado del lobby y anuncios de vuelos retumbando: ‘El vuelo IB-3452 a París embarca en puerta 12’. Me senté en la barra del bar, con mi copa de vino tinto, el aire acondicionado helado erizándome la piel bajo la blusa fina.
Él apareció de repente. Alto, moreno, ojos que te desnudan. Vestido casual, como un viajero cualquiera. Nuestras miradas se cruzaron. Sonreí, él se acercó. ‘¿Escale larga?’, dijo con acento italiano. ‘Sí, jodidamente larga’, respondí, riendo. Charlamos. Se llamaba Marco, de Milán, volaba a Roma en unas horas. Ninguno quería dormir solo. La química saltaba. ‘¿Subimos?’, murmuró, su mano rozando la mía. Dudé un segundo… el corazón latiendo fuerte. ‘Venga, vamos’, dije, el pulso acelerado por esa adrenalina de lo efímero.
El Mirada que lo Cambió Todo
La habitación era estándar: sábanas blancas crujientes, luz tenue, el zumbido lejano de aviones. La clim congelaba el aire, pero el calor entre nosotros ardía. Nos besamos con hambre, tongues enredadas, manos impacientes. Le arranqué la camisa, él mi falda. ‘Dios, qué tetas tan perfectas’, gruñó, chupando mis pezones duros. Yo bajé la cremallera de sus pantalones. Su polla saltó, gruesa, venosa, ya tiesa como una barra.
Me arrodillé, el suelo frío contra las rodillas. Lamí sus huevos peludos, subiendo por el tronco hasta la cabeza hinchada. ‘Mmmm, chúpamela bien’, jadeó. La metí en la boca, succionando lento, sintiendo cómo palpitaba. Él gemía, enredando dedos en mi pelo. ‘Para, o me corro ya’, avisó. Me puse de pie, él me tiró en la cama. Sus dedos exploraron mi coño depilado, mojado ya. ‘Estás chorreando, puta cachonda’, dijo, metiendo dos dedos, follándome con ellos mientras lamía mi clítoris hinchado.
No aguanté más. ‘Fóllame ya’, supliqué. Me abrió las piernas, restregó su polla babosa contra mis labios vaginales. Entró de un empujón, llenándome hasta el fondo. ‘¡Joder, qué apretado!’, rugió. Embestía fuerte, el cabecero golpeando la pared, piel sudada chocando. Yo clavaba uñas en su espalda, gimiendo alto: ‘Más duro, cabrón… ¡sí!’. El olor a sexo impregnaba la habitación, mezclado con su colonia y mi perfume.
Placer sin Límites en la Habitación
Me giró, a cuatro patas. ‘Ahora el culo’, ordenó. Escupió en mi ano, lubricándolo. Su polla presionó, abriéndose paso. Dolía un poco al principio, pero el placer explotó. ‘¡Qué culazo, me lo follo entero!’, gruñía, clavándose profundo. Yo me frotaba el clítoris, ondas de éxtasis subiendo. ‘Me corro… ¡ahhh!’, chillé, el orgasmo sacudiéndome. Él aceleró, ‘Toma mi leche’, y eyaculó dentro, chorros calientes inundándome.
Quedamos jadeando, cuerpos pegados, el sudor enfriándose por la clim. Minutos después, otro round: yo encima, cabalgando su polla revivida, tetas botando. Él pellizcaba mis pezones, yo restregaba mi coño contra su pubis. Corrimos juntos otra vez, gritando.
Al alba, el anuncio: ‘Vuelo a Barcelona, puerta 5’. Me vestí rápido, él igual. Un beso salado. ‘Ha sido brutal’, dijo. ‘Sin mañana, solo recuerdo’, sonreí. Bajé al lobby, el café del aeropuerto oliendo fuerte, mi coño aún palpitando. Subí al avión con ese fuego en el equipaje de mano.