Estaba en el aeropuerto de Barajas, escale eterna hacia México. El vuelo retrasado cuatro horas. Me senté en el bar, olor a café quemado y donuts fritos flotando en el aire. Anuncios de vuelos por los altavoces, ‘pasajeros a París, puerta 15’. Pedí un cortado, negro y amargo, para espabilarme. Llevaba falda corta, blusa ligera, sandalias. Sudor pegajoso por la humedad.
Entonces lo vi. Alto, moreno, unos treinta y tantos, ojos verdes que me clavaron. Estaba solo, con una cerveza en la mano, maleta a los pies. Nuestras miradas se cruzaron. Sonreí, él devolvió el gesto. Dudé un segundo… ¿por qué no? Me acerqué. ‘¿Escale larga también?’, le dije. ‘Sí, cinco horas hasta Nueva York. Soy Marco’. Charla fácil: trabajos, viajes, risas sobre aviones y jet lag. La química chispeaba. ‘Oye, hay un hotel aquí al lado, cinco minutos. ¿Quieres matar el tiempo?’, soltó él, voz ronca. Tragué saliva. ‘Joder, ¿y si nos vamos? Mi vuelo sale al amanecer’. Corazón latiendo fuerte. Pagamos y salimos, mano en mi cintura ya.
El Mirada que lo Cambió Todo en el Bar
El hotel era cutre pero perfecto: recepción vacía, ascensor que olía a desinfectante. Entramos en la habitación, 204. Climatizador zumbando, aire frío erizándome la piel. Sábanas blancas impolutas, impersonales, crujiendo bajo nosotros. Nos besamos con hambre, lenguas enredadas, saliva mezclada. ‘Eres preciosa, puta que ganas de follarte’, murmuró él, manos bajando mi cremallera. Le arranqué la camisa, pecho duro, olor a colonia y sudor masculino. Caímos en la cama.
‘Quítate todo’, le ordené, voz temblorosa. Polla ya tiesa saliendo del bóxer, gruesa, venosa, cabeza hinchada. Me arrodillé, la olí: almizcle puro. Lamí desde las bolas hasta la punta, salada. ‘Mmm, qué rica polla’, gemí. La chupé hondo, garganta apretada, babeando. Él gruñía, ‘joder, cabrona, trágatela toda’. Me folló la boca, caderas embistiendo, pelos púbicos en mi nariz.
Me tiró en la cama, piernas abiertas. ‘Ahora te como ese coño’. Lengua en mi clítoris, hinchado y mojado. ‘Estás empapada, puta viciosa’. Dedos dentro, curvados, tocando el punto G. Grité, ‘¡Sí, así, no pares!’. Venía fuerte, jugos chorreando en su barba. ‘Fóllame ya, métemela’. Se puso encima, misionero brutal. Polla abriéndome, estirándome el coño hasta el fondo. ‘¡Qué apretada, coño de puta!’. Embestidas rápidas, cama golpeando la pared. Sudor goteando, pieles chocando, ‘plaf plaf’.
El Polvo Brutal y la Despedida Caliente
Me puse a cuatro, culo en pompa. ‘Dame por detrás, rómpeme’. Entró de un empujón, huevos azotándome el clítoris. Manos en mis tetas, pellizcando pezones. ‘Voy a correrme, ¿dónde?’. ‘Dentro, lléname de leche’. Rugió, polla palpitando, semen caliente inundándome. Salió, chorreando blanco por mis muslos. No paró. Me montó de lado, dedo en mi culo mientras follaba. Otro orgasmo mío, piernas temblando.
Horas volaron. Polvo tras polvo, urgencia de desconocidos. ‘Sabes que me voy en unas horas’, jadeé entre embestidas. ‘Por eso es tan bueno, sin putos mañana’. Al final, exhaustos, cuerpos pegajosos.
Amaneció. Anuncio de mi vuelo en el móvil. Ducha rápida, agua caliente lavando semen y sudor. Vestida, maletas listas. En la puerta, beso largo. ‘Gracias por esta noche loca. Llévate el recuerdo en el coño’. Reí, ‘tú el mío en la polla’. Bajamos, nos separamos en el lobby. Taxi al aeropuerto, coño dolorido pero feliz, aroma a sexo en mi piel. Vuelo despegando, sonrisa pícara. Anonimato perfecto, adrenalina pura. ¿Volverá a pasar? Quién sabe.