Estaba en el aeropuerto de Madrid, escale de cuatro horas antes de mi vuelo a Barcelona. Me aburría en la sala de embarque, con el olor a café quemado del Starbucks flotando en el aire. Las anuncios de vuelos retumbaban cada dos por tres: ‘Vuelo IB-345 a París, puerta 12’. Yo, con mis leggings ajustados y una camiseta escotada, revisando el móvil. Mis amigas en el grupo de WhatsApp me habían retado: ‘Si pierdes la apuesta del partido, te tiras a un desconocido’. Perdí, claro. Jajaja, qué idiota.
Lo vi ahí, sentado solo en el bar, con una cerveza en la mano. Moreno, ojos intensos, camisa remangada. Nuestras miradas se cruzaron. Sonreí, él levantó la ceja. Me acerqué, pedí un gin-tonic. ‘¿Escale larga?’, preguntó con acento francés. ‘Sí, cuatro horas muertas. ¿Y tú?’. ‘Igual, vuelo a París en tres’. Hablamos de tonterías, pero la química saltaba. El aire acondicionado helado me ponía la piel de gallina. Pensé en la apuesta, en el anonimato. ‘Oye, hay un hotel aquí al lado. ¿Te apetece matar el tiempo?’. Dudó un segundo, sonrió. ‘Vamos’. Corazón a mil.
El cruce de miradas en la sala de embarque
Llegamos al hotel en cinco minutos, habitación impersonal, drapos blancos crujientes, olor a limpio y lejía. La clim zumbaba fuerte. Cerró la puerta y me besó con hambre, manos en mi culo. ‘Joder, qué ganas’, murmuró. Le bajé los pantalones, su polla ya dura, gruesa, venosa. La agarré, la chupé profundo, slurp slurp, saliva por todos lados. Él gemía, ‘Sí, cabrona, así’. Me mordió los pezones por encima de la camiseta, los tenía duros como piedras.
Me tiró en la cama, me quitó todo. ‘Abre las piernas’, ordenó. Me miró el coño depilado, mojado ya. Metió la lengua, lamió mi clítoris como un loco, dos dedos dentro, curvados tocando el punto G. ‘¡Ay, joder, no pares!’, grité. El anuncio de un vuelo lejano se oía amortiguado. Sudábamos, urgente, sabiendo que el tiempo volaba. Me puse a cuatro patas, ‘Fóllame ya’. Empujó su polla de un golpe, hasta el fondo. ‘Qué coño tan apretado’, jadeó. Me taladraba fuerte, cachetazos en el culo, pelo tirado. ‘Más rápido, que tengo avión’. Él aceleró, bolas golpeando mi clítoris. Me corrí gritando, temblando, él no paró. Se corrió dentro, caliente, llenándome.
Follada urgente en la habitación con urgencia de aeropuerto
No paramos. Volvió a ponérseme dura, me monté encima, cabalgando salvaje, pechos rebotando. ‘Córrete otra vez, puta’, me dijo, pellizcándome los pezones. Lo hice, arqueándome. Él debajo, manos en mis caderas, marcándome. Tercera ronda, él de pie, yo contra la pared, piernas enroscadas. Follando de pie, sudor goteando, besos salados. ‘Me voy a correr’, avisó. ‘En la boca’. Me arrodillé, tragué todo, salado, espeso.
Sonó mi alarma. ‘Mierda, mi vuelo’. Nos vestimos a toda prisa, risas nerviosas. ‘¿Nombre?’, pregunté. ‘Jean. ¿Y tú?’. ‘Ana. Ha sido… inolvidable’. Bajamos, en la puerta del hotel, otro anuncio: ‘Vuelo a Barcelona, puerta 5’. Nos besamos rápido. ‘Suerte’, dijo él, yéndose a su terminal. Yo corrí al embarque, coño palpitando, semen resbalando aún, sonrisa tonta. En el avión, mirando la ventanilla, reviví cada embestida. Ningún mañana, solo este fuego en mi equipaje de mano. Joder, qué viaje.