Mi escale ardiente en el hotel del aeropuerto con un desconocido

Estaba en el aeropuerto de Madrid, escale de cuatro horas volviendo de un viaje loco por Europa. Hacía calor pegajoso, el aire acondicionado zumbaba como un mosquito eterno. Olía a café quemado del Starbucks y a esos sándwiches rancios de las máquinas. Mi vuelo salía a las 6 de la mañana, así que pensé en matar el tiempo en el bar de la zona de tránsito. Me pedí un gin-tonic, fuerte, para relajar las piernas hinchadas del vuelo anterior.

Ahí lo vi. Alto, moreno, con una camiseta ajustada que marcaba pectorales duros. Estaba solo, mirando su móvil, pero sus ojos se clavaron en mí cuando pasé pidiendo el turno. Nuestras miradas se cruzaron, largas, intensas. Sonreí, él levantó la copa. ‘¿Escale eterna también?’, dijo con acento italiano, voz grave. ‘Sí, joder, cuatro horas muertas’, respondí, sentándome al lado. Hablamos de viajes, de ciudades folladas y olvidadas. Sus manos grandes rozaban la barra cerca de las mías. Sentí el cosquilleo, esa adrenalina de no conocernos de nada, de saber que en unas horas cada uno a su avión. ‘Hay un hotel aquí al lado, habitaciones por horas’, murmuró, ojos brillantes. Dudé un segundo, el anuncio de un vuelo retumbó: ‘Última llamada para Barcelona’. ‘Vámonos’, dije, corazón acelerado.

El cruce de miradas en la sala de embarque

Pagamos rápido, corrimos al shuttle del hotel. La habitación era impersonal: drapos blancos crujientes, olor a desinfectante y aire frío que erizaba la piel. Ni nos besamos al entrar. Me empujó contra la puerta, sus labios duros en mi boca, lengua invadiendo, saboreando a gin y cerveza. ‘Quiero follarte ya’, gruñó, manos bajando mi falda. No llevaba bragas, solo por si acaso. Su polla ya dura contra mi muslo, enorme, palpitante. La saqué del pantalón, piel suave como terciopelo sobre hierro. ‘Joder, qué grande’, gemí, acariciándola, midiendo el grosor con la mano.

La follada urgente en la habitación

Me tiró en la cama, piernas abiertas. Lamía mi coño mojado, lengua chupando el clítoris hinchado, dedos metiéndose dentro, curvados tocando ese punto que me hace temblar. ‘Estás empapada, puta cachonda’, dijo, riendo. Me corrí rápido, gritando, jugos en su boca. Luego me puso a cuatro patas, polla rozando mi culo. ‘¿Por delante o por detrás?’, preguntó. ‘Por el coño, fóllame fuerte’, supliqué. Entró de un empujón, llenándome hasta el fondo. Dolor placer mezclado, mis paredes apretándolo. Embestía como loco, huevos golpeando mi clítoris, sudor goteando. ‘Más rápido, joder, que se acaba el tiempo’, jadeaba yo, arañando las sábanas. Cambiamos: yo encima, cabalgando su verga, tetas rebotando, sus manos apretando mis nalgas. Me metió un dedo en el culo mientras follaba, doble penetración que me volvió loca. ‘Me voy a correr’, avisó. ‘Dentro, lléname’, ordené. Eyaculó caliente, chorros profundos, yo explotando otra vez, cuerpo convulsionando.

Nos quedamos jadeando, su semen chorreando de mi coño. Miré el reloj: 4:30. ‘Tengo que irme’, dije, besándolo suave. Se duchó rápido, yo me limpié con toallitas húmedas del baño. Ningún número, ni promesas. ‘Ha sido brutal’, murmuró en la puerta. ‘Sin mañana, eso es lo mejor’, respondí, guiñando. Bajé al aeropuerto, anuncio de mi vuelo: ‘Embarque ahora’. Me senté en el avión, coño dolorido, sonrisa pícara. Ese recuerdo quema en mi maleta de mano, listo para el próximo escale.

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