Mi escale fogosa con un viejo gruñón en el hotel del aeropuerto

No sé qué me pasó. Tengo 46 años, casada, dos hijos guapos, vida perfecta… pero los viajes me encienden. Esta vez, escala en Madrid-Barajas. Vuelo retrasado tres horas. Me siento en el bar de la sala de embarque, olor a café quemado por todos lados, anuncios de vuelos retumbando: ‘Atención a los pasajeros con destino a Barcelona…’. Pido un gin-tonic, sudada por el calor. Entonces lo veo. Un viejo feo, sesentón arrugado, sentado solo, gruñendo con su cerveza. Me mira fijo las tetas, con esa sonrisa torcida, asquerosa. Yo, con mi falda ajustada y blusa escotada, le sostengo la mirada. Él guiña un ojo, murmura algo como ‘Mamacita, ¿esperando polla?’. Me río nerviosa, eh… ¿qué coño? Pero el corazón me late fuerte. Adrenalina pura, sé que en unas horas me voy, nadie me conoce aquí. ‘¿Hotel cerca?’, le digo bajito. ‘Sí, guarra, vamos’, responde él, levantándose cojeando.

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Cogemos un taxi rápido al hotel cutre al lado del aeropuerto. Recepción impersonal, llave magnética, subimos. La habitación huele a desinfectante y aire acondicionado helado. Draps blancos tiesos, impolutos. Cierro la puerta, anuncio de vuelo lejano: ‘Próxima salida a París…’. Él se tira en la silla, como un rey asqueroso. ‘Quítate eso, zorra. Muéstrame esas ubres caídas’. Me quedo parada un segundo, pero ya estoy mojada. Desabrocho la blusa lento, tetas saliendo del sujetador. ‘Pff, qué horror de sostén, como saco de papas. Quítatelo todo, puta de aeropuerto’. Me quito todo, desnuda delante de este cerdo viejo, barriga floja, polla medio tiesa asomando por el pantalón. Me critica: ‘Tetas colgantes como peras pasadas, vergetas en la tripa, coño peludo… ¿no te depilas, cerda?’. Cada palabra me clava, pero mi chocho gotea. ‘Ecarte las piernas, enséñame el agujero’. Obedezco, sobre la cama, piernas abiertas, dedos abriendo labios. Él se baja los pantalones, saca una verga gorda, nudosa, pelos blancos. ‘Mírame, no toques. Mastúrbate, guarra’. Me meto dedos, chorreando, mientras él se pajea despacio, gruñendo ‘Más rápido, muévete el culo’. Cambio de pose: de rodillas, culo al aire, ‘Ecarte nalgas, enséñame el culo’. Hundo un dedo en el ano, gimo fuerte, él acelera. ‘¡Joder, qué puta! Ven aquí, chúpamela pero sin tocar’. Me acerco, lengua en su polla salada, él solo se menea. Urgencia total, reloj marcando, mi vuelo en dos horas. Me tumba en la cama, ‘Abre bien, zorra’. Se pone encima sin penetrar, frotando su verga en mi coño empapado, tetas en su cara asquerosa. ‘¡Fóllame ya!’, suplico. ‘Cállate, puta, solo froto’. Pero entra de golpe, polla dura ahora, follando brutal. ‘¡Toma, toma mi leche vieja!’. Me corro gritando, él eyacula dentro, chorros calientes. Sudor, olor a sexo crudo, aire acondicionado zumbando.

El cruce de miradas en la sala de espera

Minutos después, ducha rápida, él ya vestido. ‘Vete, guarra, no toco putas más de una vez’. Yo sonrío, adiós con la mano. Bajo al aeropuerto, olor a café otra vez, anuncio: ‘Embarque para Barcelona’. Me siento en el avión, coño aún palpitando, semen secándose en las bragas. Recuerdo su cara arrugada, sus insultos, esa follada anónima. Mañana vuelvo a mi vida de madre perfecta, pero este secreto quema en mi maleta de mano. ¿Volverá a pasar? Eh… quién sabe.

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