Estaba en el aeropuerto de Barajas, escale de tres horas antes de mi vuelo a Barcelona. El aire olía a café quemado y a esos bollos industriales que venden en las cafeterías. Anuncios de vuelos retumbaban: ‘Pasajeros del vuelo IB-567 a París, a las puertas de embarque’. Me senté en la barra del bar, con mi maleta a los pies, pensando en lo jodidamente sola que me sentía en estos viajes. Adoro esto, el anonimato, saber que en unas horas todo acaba, sin compromisos.
Él apareció de repente. Alto, con ojos azules intensos, barba de tres días. Nuestras miradas se cruzaron. Joder, me recordó a aquel chico de las vacaciones en la playa, el que me dejó con las ganas hace años. Sonrió, tímido. ‘¿Española?’, preguntó, sentándose al lado. ‘Sí, de Madrid. ¿Y tú?’. Voz grave, con acento francés. Se llamaba Luc, escale también, vuelo a Lyon en cuatro horas. Pedí un café solo, él una cerveza. Hablamos de tonterías: el retraso de los vuelos, el calor de la terminal. Pero el roce de su rodilla contra la mía… eléctrico.
El cruce de miradas en el bar del aeropuerto
‘¿Sabes qué? Tengo una habitación en el hotel de al lado, esas cápsulas rápidas para escalas. ¿Vienes?’, dijo de golpe, mirándome fijo. Dudé un segundo, el corazón latiendo fuerte. ‘¿Y si nos pierden el vuelo?’. ‘Pues follamos rápido y volvemos’. Reí, nerviosa. ‘Venga, vamos’. Agarré mi bolso, él mi mano. Cruzamos la calle, el ruido de aviones despegando encima. La recepcionista ni nos miró, dio la llave. Subimos en el ascensor, climatización helada erizándome la piel.
La habitación era impersonal: cama con sábanas blancas crujientes, luz tenue, olor a limpio y desinfectante. Cerró la puerta y me besó con hambre, lengua dentro, manos en mi culo apretando. ‘Joder, qué ganas tenía’, murmuró. Le arranqué la camisa, pechos contra su torso duro. Caímos en la cama, los muelles chirriando. Bajé la cremallera de sus pantalones, saqué su polla tiesa, gruesa, venosa. ‘Mmm, mira qué verga más rica’, gemí, lamiendo el glande salado. Él jadeaba, ‘Chúpamela, puta’. La tragué hasta la garganta, babas cayendo, él follándome la boca con empujones.
El polvo urgente en la habitación del hotel
Me puso a cuatro patas, sábanas frías contra las rodillas. ‘Voy a metértela ya, ¿estás mojada?’. ‘Harta, métemela entera’. Empujó, su polla abriéndome el coño de golpe, llenándome hasta el fondo. ‘¡Ahhh, sí, fóllame fuerte!’. Golpes secos, piel contra piel, el cabecero dando contra la pared. Sudor goteando, su aliento en mi cuello. ‘Tu coño aprieta como una virgen, joder’. Cambiamos: yo encima, cabalgándolo, tetas botando, clítoris rozando su pubis. ‘Me corro, no pares’, grité. Él me pellizcaba los pezones, ‘Córrete en mi polla, zorra’. Explosión, jugos chorreando.
No paramos. Me comió el culo, lengua hurgando el ano, dedos en el coño. ‘Quiero tu polla ahí’, supliqué. Lubricante del hotel, me penetró despacio, dolor-placer quemando. ‘¡Qué ano más apretado!’. Follando anal, brutal, yo masturbándome el clítoris. ‘Córrete dentro, lléname’. Rugió, semen caliente inundándome. Colapsamos, jadeos, cuerpos pegajosos.
Dos horas después, ducha rápida, agua caliente lavando el olor a sexo. ‘Ha sido brutal’, dijo besándome. ‘Sin mañana, ¿eh?’. Bajamos, él al aeropuerto primero. Yo esperé, piernas temblando, coño palpitando aún. Anuncios: ‘Vuelo a Barcelona, embarque inmediato’. Me fui con ese fuego en el cuerpo, recuerdo ardiente en mi equipaje de mano. Joder, qué viaje.