Mi follada salvaje en la escala del aeropuerto con un desconocido

Estaba en la sala de embarque del aeropuerto de Frankfurt, escale de cuatro horas matando el tiempo. El aire acondicionado me ponía la piel de gallina, y olía a café quemado de la cafetería. Anuncios de vuelos por megafonía cada dos por tres, ‘pasajeros a bordo del vuelo LH whatever’. Me pedí un cortado, sentada en la barra, piernas cruzadas, falda corta porque hace calor en el avión.

Lo vi de reojo. Alto, moreno, barba de tres días, camisa remangada mostrando unos antebrazos fuertes. Me pilló mirándolo y sonrió, esa sonrisa de ‘te como con los ojos’. Se acercó con su cerveza en la mano. ‘¿Escale eterna, eh?’, dijo con acento italiano. ‘Sí, joder, tres horas más para Barcelona’, respondí riendo. Charlamos de tonterías: aviones, jet lag, lo puta que es viajar sola. Sus ojos bajaban a mis tetas cada rato, y yo no disimulaba mirando su paquete abultado en los vaqueros.

El cruce de miradas en la sala de embarque

‘¿Y si matamos el tiempo en un sitio mejor? Hay un hotel a dos minutos, habitaciones por horas’, soltó de repente. Sentí el subidón, esa adrenalina de no saber su nombre ni nada, solo follar y volar. ‘Venga, pero mi vuelo sale en tres horas y media. Nada de mariconadas’. Pagamos rápido, salimos al frío de la noche, taxi en un minuto. El recepcionista ni nos miró, dio la llave de la 204.

Entramos. Habitación impersonal, luces fluorescentes, cama con sábanas blancas crujientes, olor a desinfectante y humedad. La clim petaba fuerte, pezones duros al instante. Cerró la puerta y me besó contra la pared, lengua dentro, manos en mi culo apretando. ‘Joder, qué buena estás’, murmuró. Le arranqué la camisa, mordí su pecho. Bajé la cremallera, saqué su polla tiesa, gorda, venosa. ‘Mmm, esta me la meto ya’. Me arrodillé, lamí el glande salado, tragué hasta la garganta. Él gemía, ‘cabrón, chúpamela más profundo’.

La urgencia en la habitación del hotel

Me levantó, tiró falda y tanga de un tirón. Dedos en mi coño ya empapado, ‘estás chorreando, puta’. Me tiró en la cama, sábanas frías contra la espalda. Abrió mis piernas, me comió el chocho como loco, lengua en el clítoris, dos dedos dentro follándome. ‘¡Sí, joder, no pares!’, grité arqueándome. Luego se puso condón –menos mal, pensé– y me la clavó de una. Profunda, dura, embistiéndome contra el colchón. Cambiamos: yo encima, cabalgándolo, tetas rebotando, ‘¡fóllame más fuerte, cabrón!’.

‘¿Quieres por detrás?’, preguntó jadeando. ‘Sí, métemela en el culo, pero despacio al principio’. Escupió en mi ojete, empujó la cabeza de la polla. Duele-placer, me abrí entera. Me folló el ano salvaje, cachetazos en el culo, yo masturbándome el clítoris. ‘Me corro, joder’, avisó. Se sacó, quitó condón y me llenó la boca de leche caliente, tragué todo tragando saliva. Caímos sudados, clim zumbando, risas nerviosas.

Miré el móvil: dos horas justas. Ducha rápida, agua caliente quemando piel. ‘Ha sido brutal, pero me piro’, dije secándome. Él sonrió, ‘sin nombres, sin números. Buen vuelo’. Beso rápido en la puerta, taxi de vuelta. En el avión, sentada con las piernas temblando aún, olor a su semen en mi pelo. Sonreí pensando en ese polvo anónimo, el mejor bagaje de mano.

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