Mi follada salvaje en la escala del aeropuerto

Estaba en esa sala de embarque eterna, Madrid-Barcelona, escala de cuatro horas. El olor a café quemado del bar me llegaba, mezclado con el pitido constante de las annuncios de vuelos. ‘Vuelo IB-123 a París, puerta 15’. Sudaba un poco, el aire acondicionado del aeropuerto fallaba. Me pedí un gin-tonic, para matar el tiempo. Ahí lo vi. Alto, moreno, ojos intensos. Me miró… y no apartó la vista. Sonreí, coqueta. Él se acercó.

—¿Escale también? —dijo, con acento italiano, voz grave.

La mirada que lo cambió todo

—Sí, unas horas. Tú?

—Igual. ¿Quieres compañía?

Dudé un segundo. El anonimato del viaje, esa adrenalina de ‘mañana me voy y no hay mañana’. —Vale, vamos al bar.

Charlamos. Se llamaba Marco, empresario de paso. Risas, roces casuales. Mi coño ya picaba. ‘Última llamada vuelo a Londres’. Miré mi móvil: tres horas aún. —Hay un hotel al lado del aeropuerto. Barato, limpio. ¿Te apuntas?

Sus ojos brillaron. —Joder, sí.

Caminamos rápido, el shuttle gratis nos dejó en la puerta. Recepción impersonal, llave magnética. Subimos. La habitación: clim ronroneando frío, olor a desinfectante nuevo, sábanas blancas crujientes, impersonales. Perfecto para follar sin compromisos.

Cerró la puerta y me besó con hambre. Manos por todas partes. Le quité la camisa, pecho duro. —Quítate todo —le ordené, voz ronca.

Se desnudó. Polla tiesa, gruesa, venosa. Me arrodillé. La cogí con la mano, lamí el glande salado. —Mmm, qué rica. Me la metí en la boca, chupando fuerte, saliva goteando. Él gemía: —Cazzo, qué boca…

La urgencia del polvo express

Me levantó, tiró de mi falda. No llevaba bragas. —Puta guarra —rió, dedo en mi coño ya mojado. —Estás chorreando.

Lo empujé a la cama. Monté encima, polla rozando mi raja. Bajé despacio, tragándomela entera. —¡Joder! —grité, llenándome. Cabalgué salvaje, tetas botando, clítoris frotando su pubis. Sudor frío de la clim en la piel. Él me agarraba el culo, pellizcando.

—Córrete dentro —jadeé.

Me volteó, perrito. Polla embistiendo mi coño, bolas golpeando. —¡Más fuerte! ¡Fóllame como a una puta! —El sonido chap-chap de mi jugo, su piel contra mis nalgas. Dedo en mi ano, entrando y saliendo. —Te voy a partir el culo después.

Gemí alto, orgasmo subiendo. Anuncios lejanos del aeropuerto se colaban por la ventana entreabierta. Me corrí temblando, coño apretando su polla. Él no paró, follándome más duro. —Me corro… —gruñó, clavándose a fondo. Sentí el chorro caliente llenándome, semen goteando por mis muslos.

Caímos jadeando. Minutos después, otra ronda. Me puso a cuatro, escupió en mi culo y metió la polla despacio. —¡Duele… pero sigue! —Anal brutal, urgencia total. Sabía que mi vuelo salía pronto. Me corrí de nuevo, él eyaculó dentro, ano dilatado chorreando leche.

Luz tenue del amanecer filtrándose. Mi vuelo en una hora. Me vestí rápido, él dormía. Beso en la mejilla. —Adiós, desconocido. Buen viaje.

En el shuttle de vuelta, piernas flojas, coño y culo palpitando, semen secándose en las bragas. Ese recuerdo ardiente en mi equipaje de mano. Volví a mi vida, pero con esa sonrisa pícara. El aeropuerto, testigo silencioso.

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