Estaba en el aeropuerto de Madrid, esperando mi vuelo a Barcelona. Llevaba horas de escala, cansada del viaje. Me senté en el bar, con el olor a café quemado en el aire, y las anuncios de vuelos retumbando cada dos por tres. ‘Vuelo EK147 a Dubái, puerta 23’. Pedí un cortado, negro y fuerte, para espabilarme.
Entonces la vi. Una morena con ojos negros profundos, piel canela, sentada al fondo. Vestía un vestido ligero que se le pegaba al cuerpo por la humedad del aire. Nuestras miradas se cruzaron. Ella sonrió, leve, como si supiera algo. Me mordí el labio. ¿Qué coño? Tengo unas horas libres, pensé. Me acerqué, con el corazón latiendo fuerte. ‘Hola, ¿esperas mucho?’, le dije, sentándome a su lado. ‘Demasiado’, contestó con acento caribeño, suave. ‘Anita, y tú?’. ‘Carmen. ¿Vuelo temprano mañana?’. Asintió. Hablamos de tonterías, pero el aire se cargaba. Sus manos rozaban las mías al gesticular. ‘Oye, hay un hotel aquí al lado. ¿Quieres… pasar el rato?’, solté de golpe. Dudó un segundo, ‘Joder, sí. Vamos antes de que me arrepienta’.
El cruce de miradas en la sala de embarque
Cogimos una habitación cutre, impersonal. La clim roncaba fría, los drapos blancos crujían al tocarnos. Cerramos la puerta y ya estaba. Nos besamos con hambre, lenguas enredadas, saliva mezclada. ‘Quítate eso’, le gruñí, tirando de su vestido. Quedó en bragas, tetas firmes, pezones duros. Yo igual, mi coño ya chorreando. ‘Mira cómo estás de mojada, puta’, me dijo riendo, metiendo mano entre mis piernas. Sus dedos resbalaban en mi chochita hinchada. La tiré en la cama, le arranqué las bragas. ‘Qué culito tan rico’, gemí, abriéndole las nalgas. Lamí su ano prieto, lengua dentro, saboreando su sudor. Ella jadeaba, ‘¡Joder, Carmen, chúpame el culo!’. Bajé a su coño lampiño, clítoris tieso como una polla pequeña. Lo mordisqueé, metí dos dedos, follándola rápido. ‘¡Me corro, hostia!’, gritó, y me goteó la cara con su squirt caliente.
El polvo urgente en la habitación
No paramos. ‘Abre las piernas, quiero verte todo’, le ordené. Se puso a cuatro, culo arriba. Saqué mi plug del bolso –siempre lo llevo, por si acaso–. ‘¿Qué es eso?’, preguntó excitada. ‘Ya verás’. Lubriqué con su jugo y se lo metí en el ojete. ‘¡Ahhh, me rompes el culo!’, chilló, pero empujaba hacia atrás. Yo me puse encima, frotando mi coño contra el suyo. Clits chocando, resbaladizos. ‘Fóllame con los dedos, cabrona’, suplicó. Le metí tres en la concha, bombeando fuerte, mientras jugaba con el plug. Ella me pellizcaba los tetones, ‘Tus pezones son enormes, zorra’. Me corrí primero, gimiendo como loca, chorro salpicando sus muslos. Luego ella, un chorro potente que nos mojó las sábanas. Nos giramos, 69 urgente. Chupé su coño salado, ella el mío, dedos en culos mutuamente. ‘Písame en la boca’, pedí. Se agachó sobre mi cara, me meó un chorrito tibio mientras se corría otra vez. Yo igual, orinándola el pelo. Olía a sexo crudo, sudor, pis. La clim no daba abasto.
Horas después, sudadas y pegajosas, nos duchamos rápido. Agua caliente, manos por todos lados aún. ‘Ha sido brutal’, murmuró Anita, besándome el cuello. ‘Sin mañana, ¿eh?’, respondí. Bajamos al aeropuerto al amanecer. Anuncios de vuelos de nuevo, olor a café fresco. Nos dimos un beso largo en la puerta de embarque. ‘Suerte, guapa’. Subí al avión con el coño palpitando, el plug aún dentro, su sabor en la boca. Un recuerdo que quema en mi maleta de mano.