Estaba en el bar del hotel al lado del aeropuerto de Barcelona. Mi vuelo a Madrid retrasado tres horas. El aire olía a café quemado y a esos bollos industriales. Anuncios de vuelos por los altavoces: ‘Última llamada para el vuelo IB-345 a París’. Me pedí un gin-tonic para matar el tiempo. Llevaba todo el día viajando, sudada, con esa adrenalina de las escalas que me pone cachonda. Amo el anonimato, saber que en unas horas me largo y no hay consecuencias.
Ahí lo vi. Un tío grande, barba espesa, coleta larga, tipo marinero curtido. Quizás cuarentón, ojos intensos. Nuestras miradas se cruzaron. Él sonrió, yo le devolví una mirada de ‘¿por qué no?’. Se acercó con una cerveza en la mano. ‘¿Española? Yo vengo de Brasil, escala eterna’. Se llamaba Claudio, o algo así. Hablamos de viajes, de mujeres libres. ‘Solo tenemos unas horas’, dijo, rozándome la pierna. Sentí un cosquilleo. ‘Vamos arriba’, murmuré. Mi habitación era cutre, la suya mejor. Subimos en el ascensor, manos ya impacientes.
El cruce de miradas en el bar del aeropuerto
La habitación era impersonal: sábanas blancas crujientes, aire acondicionado helado que me erizó la piel. Cerró la puerta y me besó con hambre, lengua profunda, manos en mi culo. ‘Quítate todo’, gruñó. Me arranqué la blusa, sujetador volando. Mis tetas grandes, bronceadas de naturismo, saltaron libres. Él se desnudó: polla enorme, gruesa como un brazo, venosa. ‘Joder, qué pedazo de verga’, solté, arrodillándome. La lamí desde la base, bolas peludas oliendo a macho. La chupé despacio, saliva goteando, hasta que la tragué hasta la garganta. Él gemía: ‘Sí, cabrona, trágatela toda’.
Me tiró en la cama, piernas abiertas. El coño ya empapado, labios hinchados. Me lamió como un experto, lengua en el clítoris, dedos dentro revolviendo. ‘Estás chorreando, puta’, dijo. Gemí fuerte, arqueándome. Anuncios lejanos de vuelos, como banda sonora. No aguanté: ‘Fóllame ya’. Se puso un condón –bueno chico– y entró de golpe. Su polla me partía, llenándome hasta el fondo. ‘¡Joder, qué prieta!’, jadeó. Me folló misionero, placando mis tetas, mordiendo pezones. Cambiamos: yo encima, cabalgando esa bestia, coño tragándosela entera, sudor mezclándose.
La follada intensa antes del vuelo
‘¿Quieres por detrás?’, preguntó. ‘Sí, pero despacio al principio’. Lubricante del neceser, dedo en el culo primero. Luego su verga, gruesa, abriéndome el ojete. Dolor placer mezclado. ‘¡Coño, qué culo más apretado!’. Me sodomizó lento, luego rápido, nalgadas resonando. Yo me tocaba el clítoris, gritando: ‘¡Más, rómpeme!’. Volvimos a vaginal, él de pie yo contra la pared, piernas enroscadas. Sudor frío por la clim, olor a sexo crudo. Me corrí dos veces, chorros mojando las sábanas. Él aguantó eterno, brasileño experimentado.
‘Voy a correrme’, avisó. Le quité el condón: ‘En la boca’. Me arrodillé, mamada final furiosa. Caliente, espeso, me llenó la garganta. Tragué todo, lamiendo restos. Nos derrumbamos, jadeando. ‘Eres una diosa’, murmuró, acariciándome.
A las 4 AM, mi vuelo. Me duché rápido, coño dolorido, culo palpitando. Él aún dormía. Le dejé una nota: ‘Gracias por las horas locas. Sin mañana’. Bajé al aeropuerto, olor a café de nuevo, anuncio de mi vuelo. Subí al avión con su semen fantasma en mí, sonrisa pícara. Recuerdo quemándome en el equipaje de mano. ¿Volverá a pasar? Seguro.