Mi escale ardiente en el hotel del aeropuerto

Estaba en el aeropuerto de Madrid, vol retrasado tres horas. Joder, qué coñazo. Decidí pillar habitación en el hotel de al lado, uno de esos impersonales cerca de la pista. Olor a café quemado por todos lados, anuncios de vuelos retumbando: ‘Pasajeros a Barcelona, puerta 15’. Me senté en la barra del bar, con mi copa de vino tinto, cansada del viaje. Llevaba falda corta y blusa ligera, sudando por la humedad.

Entonces lo vi. Alto, delgado pero musculoso, pelo casi rapado, ojos azules que brillaban bajo las luces fluorescentes. Estaba solo, con una cerveza, traje arrugado de ejecutivo. Nuestras miradas se cruzaron. Sonrió, yo aparté la vista… pero volví. ‘¿Española?’, me dijo con acento inglés suave. ‘Sí, de Barcelona. ¿Y tú?’. ‘De paso a Londres, vuelo al amanecer’. Hablamos tonterías: el retraso, el cansancio. Sentí esa chispa, el anonimato del aeropuerto. Nadie nos conocía, nos iríamos en horas. ‘¿Subimos? Mi habitación es grande’, soltó él, directo. Dudé un segundo, el corazón latiendo fuerte. ‘Vale, ¿por qué no?’. Adrenalina pura, sabiendo que no habría mañana.

El cruce de miradas en el bar

La habitación olía a limpio artificial, aire acondicionado helado erizándome la piel. Draps blancos crujientes, impolutos. Cerró la puerta, y ya estaba sobre mí. Me besó con hambre, lengua invadiendo mi boca. Sus manos bajaron mi falda de un tirón, ‘Qué coño tan rico tienes’, murmuró. Me quedé en tanga, tetas al aire. Él se desnudó rápido: polla larga, fina, tiesa como una barra, depilado del todo, huevos pesados colgando. Me tiré de rodillas, la chupé voraz, saliva goteando, lengua en el glande mojado. ‘Joder, qué bien mamás’, gemía él, agarrándome el pelo.

Me tiró en la cama, piernas abiertas. Lamía mi coño como loco, lengua en el clítoris hinchado, dedos metidos hasta el fondo. ‘Estás empapada, puta cachonda’. Yo arqueaba la espalda, gimiendo bajito por no despertar a nadie. ‘Fóllame ya’, le supliqué. Se puso encima, polla empujando mi entrada resbaladiza. Entró de golpe, dura, llenándome entera. Vaivenes brutales, cama chirriando. ‘Tu coño aprieta como una virgen’, gruñía. Le clavaba las uñas, tetas botando con cada embestida. Cambiamos: yo encima, cabalgando su verga, culo rebotando, sudor mezclándose. Él me manoseaba las nalgas, metiendo un dedo en mi ano. ‘Me vengo’, jadeé, orgasmo explotando, coño contrayéndose. Él no paró, follándome más fuerte hasta soltar su leche caliente dentro, chorros espesos inundándome.

La follada urgente en la habitación

No paramos. Segunda ronda: de lado, él detrás, polla resbalando en mi coño lleno de corrida. Bombeaba lento al principio, luego salvaje. ‘Otra vez, dame tu semen’, le pedí. Eyaculó de nuevo, gimiendo mi nombre falso –le dije ‘Ana’–. Sudados, pegajosos, olía a sexo puro.

A las cinco, alarma. ‘Mi vuelo’, dije, vistiéndome rápido. Él me dio un beso fugaz. ‘Ha sido brutal’. Bajamos al lobby, anuncios de vuelos otra vez: ‘Embarque a Barcelona’. Nos separamos sin números, sin promesas. En el avión, sentía su leche secándose en mis muslos, coño palpitando. Sonreí: el mejor souvenir de bagaje de mano. Mañana, vida normal. Pero esto… quema aún.

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