Estaba en escala en Barajas, vuelo a México retrasado cuatro horas. Me senté en el bar del aeropuerto, ese olor fuerte a café recién molido mezclándose con el aire acondicionado helado. Anuncios de vuelos por los altavoces: ‘Última llamada para el vuelo a París…’. Yo, con mi copa de vino tinto, aburrida, mirando el móvil. Entonces lo vi. Moreno, ojos intensos, sonrisa de lobo. Vestido casual, como un viajero cualquiera. Nuestras miradas se cruzaron. Él levantó su cerveza, guiño. Me acerqué, ¿por qué no? Soy abierta, el viaje me pone cachonda, anonimato total.
—Hola, ¿esperando también? —dijo con acento del sur, voz grave.
El cruce de miradas en el bar
—Sí, cuatro horas muertas. Tú…
—Alejandro. Vuelo a Canarias en la madrugada. ¿Quieres compañía?
Hablamos. Risas. Él, cuarentón atractivo, manos grandes, olor a colonia fresca. Contó anécdotas de viajes locos. Yo, coqueteando, pierna rozando la suya. El corazón latiendo fuerte, adrenalina de lo efímero. ‘Nos vamos al hotel de al lado’, propuso. ‘Media hora caminando, pero gratis para escalas’. Asentí. ¿Por qué no? Mañana me voy, cero compromisos.
Llegamos al hotel impersonal, recepción rápida, llave magnética. Ascensor: sus manos ya en mi cintura. Puerta cierra, clic. Habitación estándar: sábanas blancas crujientes, clim zumbando frío, ventana con vistas a pistas de aterrizaje, luces parpadeando.
La urgencia en la habitación
Me empujó contra la mesita. Beso salvaje, lengua invadiendo. Manos bajando mi falda vaquera. —Quítatela todo —gruñó. Obedecí, tetas al aire, bragas empapadas. Él se sacó la polla, enorme, venosa, tiesa como hierro. ‘Joder, qué grande’, murmuré. Me giró, cara contra el espejo, culo al aire. Dedos abriendo mi coño chorreante. ‘Estás empapada, puta cachonda’. Entró de un golpe, sin condón, polla partiéndome en dos. Grité: ‘¡Sí, fóllame fuerte!’.
Pompazos brutales, pelotas golpeando mi clítoris. Sudor goteando, piel pegajosa. Me agarraba las caderas, marcando moretones. ‘Tu coño aprieta como virgen’, jadeaba. Yo, arqueada, uñas en la madera. Cambiamos: me tumbó en la cama, sábanas frías contra mi espalda caliente. Piernas abiertas, él encima, polla hundiéndose hasta el fondo. Chupé sus tetillas saladas, mordí. ‘Me voy a correr dentro’, avisó. ‘¡Hazlo, lléname!’, supliqué. Aceleró, gruñendo como animal. Eyaculó caliente, chorros llenándome el útero. Yo exploté, coño convulsionando, jugos mezclados chorreando muslos.
Quedamos jadeando, cuerpos pegados. Minutos después, ducha rápida, agua caliente lavando semen y sudor. Risas nerviosas. ‘Ha sido brutal’, dijo él, besándome cuello.
Al alba, alarma. Anuncios de vuelos retumbando lejano. Vestida ya, maleta lista. Él en puerta: ‘Adiós, desconocida. Guárdate el recuerdo’. Sonrisa pícara, beso fugaz. Bajé sola, check-in, embarque. En el avión, coño aún palpitando, braguita húmeda. Sonrisa mía: mejor escala de mi vida. Sin nombre real, sin mañana. Solo fuego en el equipaje de mano.