Estaba en ese hotel cutre al lado del aeropuerto, escala de seis horas por un vuelo retrasado. El aire olía a café quemado del bar de abajo, mezclado con el zumbido constante de las anuncios de vuelos. ‘Vuelo AZ123 a Madrid, puerta 15’. Me senté en la barra, con mi copa de vino barato, pensando en matar el tiempo. Llevaba un vestido ligero, sin bragas, porque en viajes así me pongo cachonda con la idea de lo efímero.
Lo vi entrar. Alto, moreno, con una camiseta ajustada que marcaba pectorales. Nuestras miradas se cruzaron. Él sonrió, pícaro. Se acercó. ‘¿Escale también? Pareces aburrida’. Le contesté con una risa. ‘Demasiado. ¿Y tú?’. Hablamos tonterías: vuelos, ciudades. Pero el roce de su rodilla contra la mía… Electricidad. ‘Tengo una habitación arriba. Dos horas libres antes de mi vuelo. ¿Te animas?’. Dudé un segundo, el corazón latiendo fuerte. ‘Vale, pero sin nombres’. Subimos en el ascensor, su mano ya en mi culo.
La mirada en el bar y la decisión impulsiva
La habitación era impersonal: sábanas blancas crujientes, aire acondicionado helado que erizaba la piel, ventana con vistas a las pistas de despegue. Aviones rugiendo a lo lejos. Nos desnudamos rápido. Dios, su polla… Enorme, gruesa como mi muñeca, venosa y tiesa. Intenté chuparla, abrí la boca al máximo… Nada. No entraba. ‘Joder, qué monstruo’, murmuré, lamiendo el glande hinchado, salado. Él gemía. La masturbé con las dos manos, subiendo y bajando, sintiendo cómo palpitaba.
Me tiró en la cama, abrió mis piernas. Su lengua en mi coño, caliente contra el frío de la habitación. Lamía despacio, de clítoris a entrada, chupando mis labios hinchados. ‘Estás empapada, puta viajera’. Metió un dedo, luego dos. Mi coño elástico se abrió. Grité cuando añadió el tercero, follándome con la mano mientras succionaba mi botón. Me corrí fuerte, temblando, mojando las sábanas. ‘Ahora fóllame’, le rogué.
El sexo brutal con urgencia de aeropuerto
Se puso condón. Me puse a cuatro patas, el colchón hundiéndose. Colocó la cabezota en mi entrada. ‘Despacio al principio…’. Entró centímetro a centímetro, llenándome hasta el fondo. ‘¡Joder, qué prieta!’. Empezó a bombear, duro, rápido. Plaf, plaf, contra mi culo. Su dedo en mi ano, lubricado con mis jugos. Entró fácil, luego dos. Me follaba por delante y por detrás, el placer doble. ‘Me voy a correr’, gruñó. ‘En mi boca, venga’. Me giré, quité el condón. Lo tragué profundo, garganta apretando. Su dedo en mi culo de nuevo. Explosó, chorros calientes que tragué ansiosa, leche espesa bajando.
Nos quedamos jadeando, sudor pegajoso. Sonó mi alarma. ‘Mi vuelo’. Él sonrió. ‘Vuelve a pasar por aquí’. Me vestí rápido en la habitación, pero antes de salir, en el pasillo desierto del hotel, le di un último beso, su polla semi dura rozándome. ‘Adiós, desconocido’. Bajé al aeropuerto, el coño palpitando aún, olor a sexo en mi piel. Sentada en la sala de embarque, con el anuncio retumbando, sonreí. Ese recuerdo ardiente en mi equipaje de mano, listo para el próximo viaje. Sin mañana, solo placer puro.