Llegué al hotel del aeropuerto exhausta, con mi vuelo retrasado unas horas. Era tarde, el aire olía a café quemado del bar y a desinfectante barato. Las altavoces graznaban anuncios de vuelos: ‘Atención, el vuelo a Madrid…’. Me senté en la barra, pedí un gin-tonic para matar el tiempo. Llevaba una falda ligera negra hasta medio muslo, blusa blanca sin sujetador – hace calor en estos sitios – y sandalias. Mis tetas se marcaban un poco bajo la tela fina, los pezones duros por la climatización helada.
De repente, lo vi. Un tipo alto, moreno, con camisa ajustada que dejaba ver músculos. Estaba solo, bebiendo cerveza, ojos vagando. Nuestras miradas se cruzaron. Sonrió, pícaro. Yo aparté la vista, pero sentí el cosquilleo. Volvió a mirarme, esta vez directo. ‘¿Escale como yo?’, dijo acercándose. Voz grave, acento italiano. ‘Sí, vuelo en tres horas’, respondí, mordiéndome el labio. Charlamos. Habló de viajes, de lo jodido que es estar solo. Yo, abierta como siempre en estos sitios anónimos, le conté que adoro el morbo de no tener mañana. ‘¿Y si matamos el tiempo juntos?’, soltó, mano rozando mi rodilla. Dudé un segundo… ‘Vamos arriba’. Adrenalina pura. El ascensor pitó, frío en la piel.
El cruce de miradas en el bar del hotel
Subimos a su habitación, piso 4. La puerta se cerró con clic. Olía a ambientador genérico, sábanas blancas impolutas crujiendo bajo nosotros. Me empujó contra la pared, besó mi cuello. ‘Quiero follarte ya’, murmuró. Le arranqué la camisa, polla dura presionando contra mí. ‘Espera… átame’, dije excitada, recordando fantasías locas. Sacó su corbata, me ató las muñecas a la cabecera de la cama. Manos arriba, tirante, solo puntas de pies en el suelo. Reí nerviosa. ‘Joder, qué puta eres’, gruñó.
Me levantó la blusa, tetas al aire, pezones erectos. Los chupó fuerte, mordiendo, yo gimiendo: ‘¡Más!’. Bajó la falda de un tirón, tanga blanca hecha jirones. Mi coño depilado expuesto, húmedo ya. ‘Mira cómo chorreas’, dijo metiendo dos dedos, follando mi entrada rápida. Yo arqueada, ‘¡Fóllame con la polla, hostia!’. Se desabrochó, verga gruesa, venosa, cabezona. Me penetró de golpe, embestidas brutales, cama golpeando pared. ‘¡Más fuerte, cabrón!’, gritaba. Sudor, piel pegajosa, clim ruidosa de fondo. Me volteó, corbata aún en manos, me puso a cuatro, nalgas abiertas. Dedo en el culo, ‘¿Te gusta el ano?’, ‘Sí, métemela’. Empujó saliva, luego polla entera en coño, alternando. Orgasmo me pilló, chorro saliendo, piernas temblando.
La urgencia del polvo en la habitación
No paró. Me desató, me tiró al suelo, boca en su polla. ‘Chúpala toda’. La tragué profunda, bolas en mi barbilla, saliva goteando. Él jadeando, ‘Me corro…’. Le negué, ‘Dentro’. Volvió a metérmela, misionero salvaje, piernas en hombros. ‘¡Voy a llenarte el coño!’, rugió. Explosión, semen caliente inundando. Colapsamos, jadeos, olor a sexo denso.
Altavoz lejano: ‘Vuelo embarcando’. Hora de irnos. Me vestí rápido, tanga rota en bolsillo. ‘Ha sido brutal’, dijo besándome. ‘Sin nombres, sin mañana’. Bajé al lobby, piernas flojas, coño goteando aún. En el avión, sonrisa pícara, ese recuerdo ardiendo en mi equipaje de mano. Mañana, vida normal. Hoy, reina del anonimato.