Estaba ahí, en la sala de embarque de Barajas, con mi escala de seis horas. El olor a café quemado del Starbucks me mareaba un poco. Anuncios de vuelos retumbando cada dos por tres, ‘pasajeros a París, puerta 15’. Yo, con mi vuelo a Sevilla a las seis de la mañana. Aburrida, sudando bajo la climatización helada. Entonces lo vi. Alto, tatuado hasta el cuello, cicatrices en la cara, ojos negros como carbones. Parecía un pirata moderno, con esa camiseta ajustada marcando músculos. Nuestras miradas se cruzaron. Él sonrió, malicioso. Me acerqué al bar, pedí un gin-tonic. ‘¿Escala larga?’, me dijo con voz grave, acento del este. ‘Sí, joder, eterna’, respondí riendo. Hablamos. Se llamaba algo como Nico, viaje de negocios. Su vuelo a las siete. ‘¿Y si matamos el tiempo juntos?’, soltó de repente. Sentí el subidón. Anonimato total, sin mañana. ‘Vale, hay un hotel aquí al lado’. Corrimos, riendo como locos.
La habitación era impersonal, típica de aeropuerto. Draps blancos crujientes, aire acondicionado zumbando frío. Olía a limpio y a sexo inminente. Ni nos desnudamos del todo. Me empujó contra la pared, besos duros, lengua invasora. ‘Quiero follarte ya’, gruñó. Le bajé el pantalón. Joder, qué polla. Gorda, venosa, más de veinte centímetros tiesa como una barra. La chupé ansiosa, saliva goteando, garganta profunda hasta ahogarme. Él gemía, ‘cógela toda, puta’. Me levantó, piernas alrededor de su cintura, y me empaló de un empujón. Dolor placer mezclado, coño estirado al límite. ‘¡Joder, qué apretada!’, jadeó. Me follaba contra la pared, couilles golpeando mi culo, sudor corriendo.
El cruce de miradas en la sala de embarque
Cambié de posición, a cuatro patas en la cama. Draps arrugándose bajo mis rodillas. ‘Azótame’, pedí. Claques fuertes, culo rojo ardiendo. Entró de nuevo, salvaje, pistoneando como un animal. ‘Tu coño chorrea, zorra’. Metió un dedo en mi culo, luego dos. Gemí alto, orgasmo viniendo rápido. ‘¡Más fuerte, rómpeme!’. Él aceleró, polla machacando mi cervix. Me corrí temblando, chorro mojando las sábanas. No paró. Me puso boca arriba, piernas al cuello, follando profundo. Mordisqueaba mis tetas, pellizcando pezones. ‘Trágatela toda’. Volvió a mi boca, polla con mi jugo, la mamé limpia. Luego, él encima, misionero brutal. Sudor goteando de su pecho al mío, climatización no bastaba. ‘Me voy a correr’, avisó. ‘Dentro no, en la cara’. Se sacó, leche caliente salpicando mi boca, ojos, pelo. Tragando lo que pude, extasiada.
Pero no acabó. Me lamió el coño, lengua circling mi clítoris hinchado. Dos dedos en el culo mientras chupaba. Otro orgasmo me sacudió, gritando su nombre falso. Él se corrió otra vez, mano rápida en su polla, sobre mis tetas. Exhaustos, jadeando. Miré el reloj. Cinco de la mañana. Anuncios lejanos en mi cabeza. ‘Tengo que irme’, susurré. Él asintió, beso rápido. ‘Ha sido la mejor escala’. Me vestí deprisa, coño palpitando, cuerpo marcado. Bajé al aeropuerto, olor a café de nuevo, mi vuelo llamando. Sentada en el avión, sonrisa pícara. Ese polvo anónimo, urgente, quema en mi memoria. Sin nombres reales, sin arrepentimientos. Solo placer puro.