Estaba en escala en Barajas, eh, después de un vuelo eterno desde México. Sudada, con el olor a café quemado del bar del aeropuerto metido en la nariz. Los anuncios de vuelos retumbaban: ‘Próximo embarque a París…’. Me senté en un taburete alto, pidiendo un gin-tonic para matar el tiempo. Seis horas hasta mi conexión. Entonces lo vi. Alto, moreno, con esa mirada de viajero curtido. Nuestros ojos se cruzaron. Sonreí, él se acercó. ‘¿Escale larga?’, dijo con acento italiano. Charlamos. Rápido, superficial. Pero la química… uf, chispeaba. ‘Tengo habitación en el hotel de al lado, mi vuelo sale al amanecer. ¿Te apuntas a unas horas locas?’, solté sin pensarlo. Él dudó un segundo, sonrió: ‘Vamos’. Adrenalina pura, el anonimato del aeropuerto me ponía cachonda.
Cruzamos la calle corriendo casi, riendo. El hotel era impersonal, luces frías, clim roncando bajito. Subimos al ascensor, ya nos tocábamos. En la habitación, sábanas blancas crujientes, olor a limpio y a su colonia. Cerré la puerta y me lancé. ‘Quítate todo’, le ordené. Él se desnudó rápido, su polla ya medio tiesa saltando libre. La miré, gruesa, venosa. Me arrodillé, la agarré con la mano, piel caliente. Lamí el glande, salado, pre-semen brillando. ‘Joder, qué buena boca’, gimió. Chupé hondo, garganta abajo, babeando. Él me enredó los dedos en el pelo, follando mi boca con urgencia. ‘No tenemos tiempo, fóllame ya’, jadeé levantándome. Me tiré en la cama, piernas abiertas. Mi coño empapado, labios hinchados. Él se puso encima, polla rozando mi clítoris. Entró de un empujón, ‘¡Ahhh!’, grité. Duro, sin condón, crudo. Bombeaba fuerte, piel contra piel, sudando. ‘Más rápido, cabrón’, le pedí. Me volteó a cuatro patas, nalgadas resonando. Su polla me abría entera, cojones chocando mi culo. Toqué mi clítoris, masturbándome mientras él me taladraba. ‘Me corro… ¡córrete dentro!’, supliqué. Él rugió, semen caliente llenándome, chorros potentes. Yo exploté, temblores, jugos chorreando. Nos quedamos jadeando, cuerpos pegados, clim helado en la piel.
El cruce de miradas en la sala de embarque
A las cinco, alarma. ‘Mi vuelo’, dije. Él dormía plácido. Me vestí rápido, coño aún goteando su leche. Beso rápido, ‘Gracias por la noche’. Bajé, lobby vacío, olor a café de nuevo. En la sala de embarque, anuncio: ‘Vuelo a Barcelona…’. Me senté, sonrisa pícara. Ese recuerdo ardiente en mi equipaje de mano, listo para el próximo viaje. Sin nombres, sin promesas. Solo placer puro.